PAÍS
Contando Chile: Magallanes y la Antártica chilena, región soñada y deseada
Este texto del destacado cronista nacional Miguel Laborde recorre la historia, el paisaje y el imaginario de Magallanes, revelando cómo este territorio extremo, por siglos olvidado, hoy emerge como un espacio estratégico, cultural y simbólico clave en la identidad y proyección de Chile.
Descuidada en la República por lejana e inhóspita, la región más austral del mundo está ahora en primera línea. Por ubicación estratégica, atributos turísticos y proyección económica, ya tiene un gran espacio en nuestro imaginario.
Pero mucho nos costó descubrirla.
Chile se estira entre la Patagonia y el Altiplano, dos espacios geográficos míticos, unidos por una Cordillera de los Andes que, despedazada en el sur, toma forma y se eleva hacia el norte, hasta alcanzar algunas de las cumbres más altas de América.
Lo región austral está cruda. Para el marino británico Robert FitzRoy pareció un territorio recién creado. Era como si Dios anduviera por ahí todavía, en las faenas del Génesis. Era ver el esplendor de la Tierra, donde lo humano era apenas una huella solitaria.
Los turistas dicen haberse sentido los primeros en llegar a ese mundo limpio y puro, al que hielos y vientos mantienen virginal. El monte Fitzroy, una imponente torre de hielo y roca, atrae escaladores de todo el mundo, para dominar el paisaje desde lo alto. Más allá, la Antártida atrae con su blancura y un destino final: nada hay más allá, es el Polo Sur.
Los expedicionarios
Ocuparon los primeros seres humanos la cañada de Tres Arroyos, el Cabo de Hornos, las Torres de Paine, el Estrecho de Magallanes, lugares que transformaron en hitos de su geografía espiritual. Ellos le dieron sentido y fuerza a esos viajeros del fin del mundo. Hicieron patria, podríamos decir.
Protegidos por el cálido pelaje del guanaco alcanzaron las islas más remotas, en canoas de cortezas de árboles; se alimentaron de langostas y centollas, de algas y moluscos, en ocasiones de ballenas que varaban en las desoladas orillas, y así sobrevivieron. Desde las frías cumbres, por los helados glaciares, vieron bajar vientos helados que combatían con otros, también muy intensos, los que habían cruzado todo el ancho Pacífico. Ellos estaban en medio del viento.
Temaukel habría creado todo. Luego vino el heroico Kenós, el que separó después Cielo y Tierra, dejando entre los dos ese territorio que el ser humano aprendió a habitar. La Tierra del Fuego como los selk’nam, las orillas de los canales e islas como los yámanas, incluso sobre el agua. Eran leves las huellas a su paso. Solo conchales dejaban de testimonio.
Miles de años después llegaron otros humanos, europeos, en 1520, cuando los indígenas ya habían olvidado que existía algo más allá. Unos y otros se miraron sorprendidos. Hernando de Magallanes venía al mando, un portugués que mostró a la Corona hispana el paso navegable –un estrecho– que permitía sortear el Nuevo Mundo y llegar a otro océano, enorme y desconocido. Lo llamó Pacífico y en él murió poco después por mano de indio.
Un lugar deseado
A ese nuevo fin del mundo llegaron los amantes del oro. Uno de ellos, Pedro Sarmiento de Gamboa, español enviado para evitar que los ingleses ocuparan el lugar, era también alquimista: ¿y si el sueño medieval de transmutar el hierro en oro, no logrado en la vieja Europa, fuera posible aquí, cerca del Polo Sur magnético? ¿No parecía sobrenatural esta región? El frío, el hambre, los vientos, se llevaron sus fantasías.
Pedro de Valdivia, el conquistador del Chile terrestre, fue autorizado a gobernar el territorio entre el desierto y los grandes lagos. Pero, deseó ir más allá y ocupar el Estrecho de Magallanes, donde se encuentran los dos océanos mayores del planeta: ¿qué reino, qué imperio, podía no desear el dominio de un lugar así? Tenaz, obtuvo derechos y dejó a Chile mirando hacia el sur.
Los españoles no lograron habitar la zona, solo la vivieron como un riesgo. Ingleses, franceses y holandeses nunca cejaron en su empeño de acercarse y ojalá ocupar el estrecho.
Bernardo O’Higgins, convencido de que las potencias europeas iban a aprovecharse de las nuevas repúblicas americanas para instalarse en la zona –con proyección antártica–, se inquietó hacia 1840, desde el exilio y ya sin poder. Sus cartas reflejan toda su angustia. Es sabido que las últimas palabras que emitió fueron dos “Magallanes, Magallanes”. Al año siguiente de su muerte, en 1843, Chile hizo soberanía en la Patagonia al construir una colonia en el estrecho. Muy a tiempo.
La fundación de Punta Arenas en 1849, como ciudad más austral del mundo, será un hito. Aunque la región fue usada para aislar criminales, la fiebre del oro de 1883 atrajo aventureros de todo el mundo, pero fue un brillo corto. Lo que le dará un impulso estable y duradero será la ganadería bovina, por necesidad de una industria textil inglesa que no tenía lana suficiente con las británicas y las de Nueva Zelanda. La Patagonia, con sus millones de hectáreas, era ideal.
El paso de tantos barcos hacia el Pacífico por el Estrecho, el Cabo de Hornos y el Beagle, los que requerían agua, leña y provisiones, potenció la zona y alentó una industria local ligada a la centolla, ese gran crustáceo que, en aguas frías y puras, tiene un hábitat privilegiado.
Surgieron fortunas y palacios en Punta Arenas, manchados por el destino de los indígenas locales que, marginados y perseguidos casi hasta el exterminio, serán otra herida abierta, viva, en la historia de los imperios europeos.
Los magallánicos, de diversos orígenes, aprendieron a construir con arte, gracias a los materiales que llegaban en los barcos –cemento, ladrillos de calidad–, hasta ser maestros en el control del frío.
Las estancias, con su arquitectura en nobles maderas locales –lenga o coigüe–, protegidas por chapas metálicas y con grandes ventanales para dominar el paisaje, marcaron a este. Pequeños puntos en la inmensidad, leves bajo el aire transparente.
La maestría de los artesanos chilotes, sabios en maderas resistentes, quedó transformada en patrimonio vivo. El ser humano, que a todo se adapta, terminó amando la fuerza de sus vientos, el ímpetu de sus aguas, e incluso –según la estación– esos días tan largos que no conocen noche, o tan cortos que parecen olvidar la luz.
Croatas y demás
El paisaje humano no dejó de ampliarse en las navieras, los frigoríficos, las estancias, con grupos de croatas y británicos especialmente, y religiosos italianos que hicieron historia en educación y cultura, como Fagnano y De Agostini.
En el siglo XX, varios magallánicos de origen croata ya serán personajes públicos, como el literato Roque Esteban Scarpa –“descubridor de Gabriela Mistral”–, los historiadores Mateo Martinic –fundador del Instituto de la Patagonia– e Iván Jaksic, el biólogo Fabián Jaksic, los actores Domingo Mihovilovic (Tessier) y Mauricio Pesutic, el escritor Román Díaz Eterovic, ya integrados al paisaje humano chileno. No es casual que en el siglo XXI haya aparecido un Presidente de la República magallánico, el primero en pisar el Polo Sur; ya eran parte del paisaje nacional.
También llegaron otros, de familias del país, como los escritores Alfonso Alcalde y Rolando Cárdenas, el periodista Augusto Olivares o, más recientes el gran creador de “la Negra Ester” –el director teatral Andrés Pérez– y el rapero Pailita (Carlos Rain Pailacheo).
Chilenos de otras regiones pero enamorados de la región –Francisco Coloane, Eugenio Garcés…– han reseñado el devenir de esta región remota, cada vez más vinculada al resto del país gracias a la aviación a partir de 1945, fundamental para el creciente turismo austral y como puerta de la Antártica.
La educación superior, que culmina con la Universidad de Magallanes para no perder a su juventud, será decisiva; la ganadería, la centolla, el salmón y la merluza austral, la producción de petróleo y gas, la condición de Punta Arenas como polo de comercio y servicios con su Zona Franca –y también Puerto Natales y Puerto Williams–, requieren de profesionales, técnicos, obreros y obreras que mantengan su arraigo en la región.
Por sus atractivos atrae cada vez más turistas, nacionales y extranjeros. El avistamiento de ballenas, las colonias de lobos marinos y pingüinos, las aves diversas, los glaciares y témpanos de la Antártica, la arquitectura de las haciendas ovejeras, los museos regionales, permiten asomarse y recorrer un tiempo diferente, que late a otra velocidad.
Antes de irse, los turistas adquieren productos ilustrados con unas imágenes que se repiten: indígenas de cuerpos pintados. La región, al consolidarse, ha explorado sus orígenes, cuando por razones desconocidas el ser humano decidió habitar estos paisajes remotos; ser humano que fue perseguido y que ahora se intenta evocar e invocar, por saberse ahora que la región no nació el año 1520, con la llegada de Magallanes, sino miles de años atrás.
¿Por qué, en un continente tan vasto, hubo un grupo primitivo que escogió habitar un territorio tan extremo? ¿Qué buscaban?
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