Sin el colesterol estaríamos muertos, porque juega un papel decisivo en la ejecución de funciones vitales en el organismo. Y, pese a eso, nuestro médico se empeña en que bajemos la colesterolemia. ¿Por qué?
El Homo sapiens es, al igual que el resto de los seres vivos, poco más que un conjunto de moléculas orgánicas ordenadas en el espacio y el tiempo. De entre todas ellas, si hay una que destaca por su mala prensa y su estigma de perdición, ésa es el colesterol. Es la biomolécula proscrita, la apestada, la paria de la química orgánica. Todos han oído hablar de ella pero nadie la quiere de protagonista en su cuerpo.
Pero, ¿qué sabemos realmente de ella?
Pues lo primero –y, si me apuran, lo más importante– es que sin colesterol estaríamos muertos.
El colesterol desempeña un papel decisivo en la ejecución de funciones vitales en el organismo. He aquí algunos ejemplos convincentes:
Después de lo expuesto anteriormente, no se explica por qué nuestro médico tiene tanto interés en que bajemos la colesterolemia. Vamos a intentar aclararlo.
La forma que tiene el organismo de mover sustancias por nuestro cuerpo es a través de la sangre. Pero la sangre es un líquido acuoso y el colesterol es una molécula hidrófoba totalmente insoluble en medios hídricos. Para poder movilizarla nuestra fisiología recurre a un invento parecido a los bombones: las lipoproteínas.
Hablamos de macromoléculas cuyo relleno sería la parte hidrofóbica (colesterol y triglicéridos, fundamentalmente). La cobertura de chocolate la formarían proteínas y fosfolípidos con la parte hidrofílica orientada hacia fuera, lo que posibilita al bombón viajar a través del sistema circulatorio y al colesterol, en concreto, viajar subido en este tren. Pues bien, determinados tipos de lipoproteínas, cuando se elevan demasiado, corren serios riesgos de incrustarse en las paredes de nuestras arterias produciendo las temidas placas de ateroma. Dicho en plata, los trenes de colesterol estrellados nos atascan las cañerías.
Pero no todas las lipoproteínas implican el mismo nivel de riesgo aterogénico. Por eso, y dado que nuestro colesterol total lo podemos fraccionar según sea la lipoproteína en la que viajen, las famas de las que gozan los diferentes colesteroles son muy distintas.
Existen cinco tipos de lipoproteínas en nuestra sangre: quilomicrones, liporoteínas de muy baja densidad (VLDL), de baja densidad (LDL), de densidad intermedia (IDL) y de alta densidad (HDL). De ellas, solo tres estarían implicadas directamente en el transporte del colesterol y una de ellas, al elevarse, es la que corre serios riesgos de poner en jaque nuestras tuberías biológicas.
Estas tres lipoproteínas generan las conocidas tres fracciones de colesterol:
El bueno
Las lipoproteínas de alta densidad (high density lipoproteins o, simplemente, HDL) son aquellas que transportan el colesterol al hígado. Allí una parte se utilizará para la síntesis de hormonas y lo que sobra se elimina a través de la bilis hacia el tubo digestivo. De ahí, al exterior a través de las heces. Como el papel de las HDL es retirar colesterol desde los tejidos periféricos (incluyendo los depositados en las paredes de la arterias) hasta el hígado, a la fracción del colesterol que viaja en la sangre subida a este tren (el HDL-colesterol) se la denomina colesterol bueno.
El malo
Las lipoproteínas de baja densidad (low density lipoproteins o LDL) son lipoproteínas que liberan colesterol del hígado al torrente sanguíneo y se asocian directamente con el riesgo de enfermedades coronarias. Este LDL-colesterol tendría cuatro efectos nocivos básicos en nuestras arterias:
El feo
Las lipoproteínas de muy baja densidad (very low density lipoproteins o VLDL), al igual que las LDL, son lipoproteínas que liberan colesterol del hígado al torrente sanguíneo. No obstante, el VLDL-colesterol (con este nombre tan feo y complicado) se considera un factor de valoración del colesterol menos relevante que el LDL-colesterol por dos razones. Primero porque transporta triglicéridos en mucha mayor proporción que colesterol. Segundo, porque su determinación analítica es muy compleja y el laboratorio recurre a métodos indirectos que no son representativos cuando los triglicéridos están muy elevados en la sangre. En estos casos, el valor de VLDL-colesterol lía más que aclara.
Se trata de una clasificación cómoda y fácilmente entendible por un amplio público, lo que supone una gran ventaja. Además, es útil siempre y cuando los valores de las fracciones de colesterol no sean considerados solo en valor absoluto sino que se sopesen estimando la importancia de los cocientes HDL/LDL y colesterol total/HDL colesterol (índice de aterogenicidad o de Castelli).
Pero también tiene inconvenientes. Somos muchos analistas los que pensamos que esta clasificación puede llevar generalizaciones erróneas. De hecho, no siempre tener elevada la fracción HDL supone garantizar un “efecto ateroprotector”. Además, las funciones de las lipoproteínas son mucho más complejas que el simple transporte de moléculas, por lo que se induce al error de creer que unas son beneficiosas para la salud (HDL) y otras no (LDL).
Conclusión: el feo no es el VLDL-colesterol, más bien la fea es la clasificación.
A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.