
Crítica de cine: Película «La Mujer de Barro»
Existen situaciones en que la violencia no se vive en el caos y el grito, sino que se esconde bajo un brutal manto de silencio. Es entonces que el dolor se perpetúa en el interior de la persona, carcomiendo de a poco, latiendo en el recuerdo, amenazando con regresar. Y cuando así lo hace, le llamamos confrontación: una puerta que se abre hacia la purificación.
La Mujer de Barro trata la historia de María (Catalina Saavedra), una temporera que hace diez años no ha vuelto a trabaja en las cosechas del Valle de Limarí (Región de Coquimbo). Sin embargo, la necesidad de dinero para ir a visitar a su hermano en Santiago, la harán volver a su antiguo oficio y confrontar los dolores del pasado.
El largometraje que presenta el director Sergio Castro San Martín invita al espectador a escuchar una historia desde su silencio. Y es que a lo largo del relato es poco lo que se sabe del pasado de María, incluso en los diálogos es escasa la información que ofrece. Pero es esto mismo, lo que hace de La Mujer de Barro una narración tan especial. Sobre todo por el increíble trabajo de dirección de actores y la – una vez más – impresionante interpretación de Catalina Saavedra: la crudeza de su rostro, el misterio de la gestualidad, la intriga que ronda su presencia. El silencio se hace cargo de comprometer al público, se crea una relación de complicidad entre la ficción del personaje y la realidad del espectador.

La película trata también problemáticas de la realidad chilena: el machismo y la precaria situación laboral que sufren las temporeras. Es así que el relato, pasa a ser mucho más que el pesar de María, sino también una obra de denuncia social. Acá se destaca tanto el trabajo fotográfico de Sergio Armstrong como la dirección artística de Marcela Urivi, quienes deciden bañar la historia en tonalidades verdes. Una manera inteligente y elegante para exteriorizar el estado alterado de la protagonista, y crear un mundo tonal en el que no todo está funcionando correctamente. Es más, hay algo bello y putrefacto en la estética: bello porque visualmente es un agrado a los ojos, putrefacto porque lamentablemente es un espejo hacia nuestra sociedad.
La dirección de fotografía, siguiendo bajo la misma línea, también hace un trabajo espectacular a la hora de emparejar la narrativa con la visualidad. No solo se encarga de intensificar las tonalidades verdosas, sino que también oscurece los alrededores de María cuando se encuentra en un espacio íntimo, dando a entender el misterio que la rodea. Armstrong incluso va más allá en el inicio del largometraje, utilizando el encuadre para esconder el rostro de la protagonista al presentarla. La pregunta vital nace rápidamente: ¿Quién es ella y qué esconde?

Otro elemento que llama la atención de la Mujer de Barro, es el ritmo que conlleva. Si bien comienza con un tempo más calmo el cual se entremezcla perfectamente con la cámara fija; al avanzar el relato, aparece un montaje más ágil y se suelta la cámara dando libertad al movimiento. Todo ello sin exagerar, sin desprenderse de la realidad y mucho menos de la honestidad con que María arrastra su historia. Me atrevería a decir incluso que existen ciertos rasgos de ficción documental en algunas escenas, un par de riesgos que se aprovechan con total asertividad. En resumen: un gran trabajo en rodaje que el equipo de montaje supo enriquecer con el uso de la temporalidad.
He oído hablar que La Mujer de Barro es una película recomendada para el público femenino. Quizás por las temáticas tratadas o por la conexión que pudiese existir con su protagonista, en este caso mujer. Sin embargo, creo que es una historia recomendada para todos y todas. La razón es simple: todos arrastramos un pesar, por mínimo que sea. En tal sentido, la vida de María nos habla de la superación del dolor en una manera bella y honesta. Dejando de lado exageraciones y retratando un mundo que esconde la violencia incluso en sus esquinas más silenciosas. La purificación se presenta entonces como la superación de un pasado tormentoso, tal cual el cuerpo se desprende del barro que lo cubre.
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