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Festival de Viña del Mar: ¿Cómo eran las rutinas de humor en dictadura? CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

Festival de Viña del Mar: ¿Cómo eran las rutinas de humor en dictadura?

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Luis Valenzuela Prado
Por : Luis Valenzuela Prado Académico de la Universidad Andrés Bello.
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Durante los setenta, la presencia de los miembros de la Junta hace más directa la alusión a estos. Luego, el blanqueamiento de las rutinas en dictadura, por orden o temor a la autoridad, marcan las actuaciones de humoristas en los 80. El silencio, el desvío, la autocensura marca la dictadura.


El Festival de Viña del Mar tiene un componente particular marcado por el humor y, sobre todo, el humor que puede ser llamado “humor político”. ¿Existe una diferencia en el humor político o la política en el humor? No caeré en la tentación de decir que todo es político porque, si bien es cierto, es complejo probarlo en pocas líneas.

Veo ciertos matices en la forma de abordar lo político que se evidencia en la mención del referente político, personaje o tema que entra en esa categoría; en la postura respecto de esa mención, laudatoria o irónica; y en la evasión, en rigor, la censura o autocensura, por ejemplo, en la rutinas que pasaron por el escenario de la Quinta Vergara durante los años 80, en plena dictadura.

En febrero de 1974, el primer festival en dictadura, durante la presentación de Edmundo “Bigote” Arrocet, este anuncia que va a cantar y el público lo interrumpe coreando un “chichihi, lelele, viva Chile”. El humorista hace una rutina homenajeando a diversos cantantes.

Dos de las canciones hablan de libertad, la primera es “La montaña, libre” y luego sigue con “Libre” de Nino Bravo, que termina con Arrocet arrodillado y brazos al cielo, con una serie de contraplanos difuminados de él y del público con antorchas de papel encendidas. Muchos dicen que la elección de esas canciones no es azarosa y que sería, en parte, celebratorias del régimen militar.

Tiempo después “Bigote” Arrocet dirá que se trataba de un homenaje a Nino Bravo, fallecido en un accidente automovilístico, en abril de 1973, sin embargo, no explica la primera canción, también con temática de libertad. ¿Podemos negar su versión? No. Tampoco podemos negar el apodo que recibió: “Bigote Arrochet”.

Jorge Romero “Firulete” actúa en 1979 y cuenta el chiste de los “locos” que homenajean a un francés, Monseur La Fallet. El intendente de la Quinta Región, el almirante Arturo Troncoso Daroch, homenajea al humorista, por su humor “tan fino” que “nos hace ser cada vez más alegres, más felices, en este Chile que tanto queremos, la bandera que lleva la insignia de nuestra de guerra”.

De fondo, la orquesta de Horacio Saavedra entona el himno de la Armada de Chile, el público justo canta el verso “se aproxima la tormenta”. El chiste se cuenta solo. Firulete saluda al púbico con un “¡viva Chile!”, chovinismo que se repetirá en varias rutinas, y continúa su presentación con la personificación de su personaje Pepe Pato.

En el Festival de 1978, Manolo González realiza una salida de libretos que la organización del evento no contempló. La comisión organizadora y Televisión Nacional vigilaban con atención cada presentación, sobre todo del humor. La de Manolo González se trata de una de las rutinas más recordadas y fallidas, que intentó ser un homenaje y terminó siendo censurada.

El humorista tenía al frente al almirante José Toribio Merino que reía con cada remate. El chiste específico de Manolo González es conocido: “Yo me imagino integrando la Junta, cómo nos habríamos reído de los problemas. Esa es la imagen de Chile, señores, nuestros militares aceptan el chiste positivo, no destructivo”. Hasta que llega el momento de la imitación de Pinochet: “¡¡¡He lleeeegado hasta Tal-Tal!!!”.

Corte televisivo. Los organizadores se excusaron de forma ingenua, avalados por la prensa. El chiste y la imitación fueron concebidos como una loa y homenaje a la Junta Militar. Manolo González declaró días después: “Nuestro Ejército, nuestras Fuerzas Armadas tienen un sentido del humor y toleran el chiste simpático. Entonces que no se lleve una falsa imagen”.

La censura televisiva impidió transmitir lo que vino después: “Ustedes saben que a los grandes hombres se les hace una caricatura o una imitación, pero no se hieren. No se hieren por ningún motivo y yo como chileno jamás tendría una palabra o una cosa hiriente a mi general Pinochet que me eduqué con él y con mi general Benavides”.

La risa y parodia, que pudo haber sido utilizada a favor, queda plasmada como censura. Dicen que González estaba vinculado a los militares y era un invitado frecuente a sus ceremonias. La censura favoreció la imagen de una dictadura opresora, en lugar de haber levantado una apología del régimen.

El humor con tintes homofóbicos, culturalmente masivo, era y es la salida fácil con buena recepción del público, aunque con reparos en la actualidad. “Más falso que sostén de homosexual” dirá Coco Legrand a la pasada en 1980. La actuación que enfatiza el gesto es la de Hermógenes con H y el “Soaspizzas, con ukele, con huchipirichu y con ah”, luego, “mozo, me da una Pepsi, ¿cola? Y a voh qué te importa”.

La rutina fue cortada en la transmisión televisiva. La comisión organizadora explicó al día siguiente que la rutina había sido grosera y que el comediante se había salido del libreto aprobado previamente. Años después, Hermógenes con H cuenta la que cree fue la verdadera razón. Él estaba contratado ese año por el Casino de Viña del Mar, donde abría los shows de Massiel y José Feliciano. Después del “Soaspizzas” hacía una rutina de quince minutos en la que imitaba a Pinochet. Cree que tuvieron miedo. Por ahí se dice que desde ese momento comenzaron a pedir los guiones antes de la presentación.

Dicen que no hubo censura explícita para las rutinas de humor en Viña en dictadura. Puede ser cierto, no era necesario, bastaba llevar a humoristas de humor blanco y todo fluía. Gustaba mucho la “Cuatro Dientes”, por su humor sano, que Pedro Lemebel leía como una risotada en la cara de la cultura popular.

Lemebel la nombra como “la Benavides”, “una lola proleta”: “Pero resulta que las mujeres pobres no hablan así, tampoco son tan dulcemente brutas, y menos se visten con esos trapos pasados de moda que la Cuatro lleva como uniforme marginal. Ese personaje sólo existe en la cabeza de la Benavides y en la risotada de un país gozoso con el chiste fácil que humilla a los débiles”.

El humor durante los años ochenta es blanco: Jappening con Ja, El “Tufo”, Pepe Tapia y su personaje “Ruperto” y Jorge Cruz hacían un humor cándido. A “Ronco” Retes lo pifiaron, mientras que “Mandolino”, que triunfaba en Sábados Gigantes, pasó desapercibido.

El año 83 no hubo humor, había que cortar por lo sano, pero, de todos modos, Willy Benítez se las ingenió para subir al escenario e interrumpir el programa del Festival. El mensaje era: “Vengo en representación de los comediantes para decir que la risa no ha muerto”. Estuvo cerca de un minuto en el escenario. Al bajar lo llevan preso por desorden en la vía pública.

Carlos Valenzuela, de Los Muleros, lo ayuda a salir esa noche. Dicen que Florcita Motuda denominó esta intervención de Willy Benítez como un “atentado humorístico”. Willy Benítez nunca fue invitado al Festival por parte de la organización. Décadas después Bombo Fica lo homenajeó dentro de su mismo show.

En el último festival de la dictadura, el humor pasó de las pifias y breve show de Sergio Feito a la presentación hilarante de Pujillay, con Álvaro Salas a la cabeza. El conjunto de humor musical mezcla la imitación de cantantes con la rapidez y gracia de Álvaro Salas.

Es posible que el primer chiste lésbico del festival lo cuenta Salas, y alude a Sandra Mihanovic y Celeste Carvallo al presentar con ironía la canción “Digan lo que digan”. De seguro no es un reivindicación de género, pero marca un pequeño hito, claro, desde el estereotipo, desde la burla. En la misma rutina, cuenta el chiste del amigo “tonto” que creía que el primer presidente de Chile se llamaba “Pin-uno”. Una alusión, de algún modo, llamativa, en una década en la que el nombre de Pinochet no fue aludido por ningún humorista. Después alude a un “terrorista” y “tarrorista”, primera alusión en democracia a la tensión política.

Durante los setenta, la presencia de los miembros de la Junta hace más directa la alusión a estos. Luego, el blanqueamiento de las rutinas en dictadura, por orden o temor a la autoridad, marcan las actuaciones de humoristas en los 80. El silencio, el desvío, la autocensura marca la dictadura. ¿Qué pasó con lo político durante los noventa? ¿Cómo abordan lo político los comediantes de la era stand up? Hay bastante material para revisar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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