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El mar no es una renuncia
Poco después de una pancreatitis que casi le cuesta la vida en 2003, pasados los 40 años, el escritor argentino Juan Forn abandonó Buenos Aires para radicarse en un balneario a unos 400 km de la capital. A este lado de la cordillera, un exarquitecto devenido poeta, Ignacio Balcells, hacía lo propio.
Forn no solo encontró el aire, también encontró a la muerte de la que venía escapando, pero veinte años después. Veinte años que seguro habrían sido menos sin el mar –no el río– en el frente, en ese desplegar de la vista que se asemeja a la fe en el futuro.
También encontró –y aquí el meollo del asunto– a la arquitectura en su más pura esencia. Una casa como otras, disuelta entre otras muchas que se le parecen. La obra que empieza y termina en sí misma y su único propósito, lejos de la estridencia y más lejos de la academia, es dar cabida a la actividad humana, cualquiera que esta sea. Al escritor le bastaba con una casa con paredes y techo, con jardín y dormitorio extra para armar la biblioteca de un lector voraz, quien afirmaba que su verdadero oficio era leer.
Al instalarse en Gesell Forn no cerró por fuera, sino que inauguró una vida nueva que proyectaba los veinte años próximos, que se le hacía urgente después de haber pasado otra vida de 20 años previos en el sopor de la bohemia.
La casa de Forn –sin revistas, sin bienales, sin papers– se convirtió en el centro de una vida repartida entre las mañanas de escritura, las divagaciones sobre nadar, la tarea de escalar una duna, los paseos en el borde, el viento helado y el sol.
Es posible que sea aquella vida en los márgenes de la geografía que todos quienes somos ciudadanos anhelamos pero mantenemos en suspenso, bien puesta en esa galería de promesas urgentes que no vamos a cumplir. Una vida en hiato que se parece a la de un escritor chileno cuya renuncia frente al mar fue también una inauguración.
Ignacio Balcells también eligió la costa, en Chile, al otro lado del cono sur americano, con los atardeceres chilenos en que las puestas de sol en el mar son como el regalo que nos da la circunstancia de estar de este lado y no del otro: mientras Juan Forn veía al sol morir entre las casas, Balcells lo haría en el mar. El arquitecto se instala en Quintay como consecuencia de sus propias renuncias e inauguraciones y se construye una casa en la que pasará su último tercio de vida, (paradójicamente igual que Forn, una vida en tres tercios, los dos muertos a los 60 años).
Él, siendo arquitecto, no quiso diseñar su propia casa puesto que el oficio para el que se formó ya no era compatible con su nuevo quehacer de narrador, como muchas veces parece estar disociada la arquitectura de la palabra. Balcells encargó una casa también anónima que se retranqueaba hacia el fondo del terreno para no competir con el mar, pero si permitiéndose que ese paisaje que se despliega interminable sea eternamente una presencia.
Ahí escribió un libro entrañable, ‘El tiempo en la costa’ (1999), que tiene el mismo tono pausado y reflexivo que la narrativa de Forn y que tiene al mar como el fondo, en su caso ruidoso, ineludible y helado como es el Pacífico.
El mar exige un estado de vigilia constante. La vista escapada sin interrupciones es como un imán parecido al fuego y no hay mejor arquitectura que la que se disuelve en su frente. Es la perpetua sensación de infinito contraria a la ciudad en donde la realidad deja de existir a unos pocos metros donde la vista choca con el edificio de al lado. En el mar solo el mar importa y la casa es solo un refugio primitivo que se posa, como un objeto cuyo fin es hacerse cargo de ese despliegue.
Forn y Balcells se parecen: ambos comprendieron que el mar es un frente de realidad que se suele eludir, porque la vastedad y el infinito asustan. Cuando se asume, se acerca uno un poco más a aquello que persiguen –sin éxito– escritores y arquitectos.
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