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La cultura no es un lujo: esencia y necesidad de un país justo CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida (imagen referencial)

La cultura no es un lujo: esencia y necesidad de un país justo

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Ricardo Carrasco Farfán
Por : Ricardo Carrasco Farfán Director del Instituto de Altos Estudios Audiovisuales Universidad de O’Higgins (UOH)
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Invertir en cultura no es derroche: es una necesidad urgente. Es construir ciudadanía, fortalecer la educación y apostar por una sociedad más equitativa. En tiempos de crisis, lo que define a un país no es solo cómo enfrenta sus problemas inmediatos, sino cómo construye el futuro.


En tiempos de crisis económica, cuando el debate sobre el presupuesto nacional se vuelve más álgido, el aumento de la inversión en cultura ha sido objeto de críticas feroces, especialmente desde ciertos sectores de la derecha. El argumento es el de siempre: con urgencias en salud, seguridad y educación, destinar más recursos a la cultura parece, a ojos de algunos, un capricho innecesario. Pero esta visión reduccionista ignora algo fundamental: la cultura no es un adorno, ni un lujo de elites ilustradas; es un pilar esencial para la educación, la cohesión social y la construcción de una identidad colectiva.

El filósofo Theodor Adorno decía que la cultura es clave para la emancipación del ser humano. Y tenía razón. El arte no es solo entretenimiento, sino una herramienta poderosa para desarrollar pensamiento crítico, para conectar con nuestra historia y cuestionar las estructuras que nos rodean. En un país donde la desigualdad sigue siendo una herida abierta, fortalecer la cultura es fortalecer la posibilidad de imaginar y construir un futuro más justo.

La evidencia lo respalda. Múltiples estudios han demostrado que el acceso a expresiones artísticas y culturales tiene un impacto positivo en el desarrollo cognitivo y emocional. Amartya Sen, economista y premio Nobel, sostenía que el verdadero desarrollo no se mide solo en cifras económicas, sino en la capacidad de las personas para vivir vidas plenas y significativas. Y ahí, la cultura juega un rol insustituible: nos ayuda a comprendernos mejor, nos vuelve más empáticos y nos permite mirarnos como comunidad, no solo como individuos atomizados.

Chile tiene una deuda histórica en este ámbito. Desde la dictadura, las políticas neoliberales redujeron la cultura a un bien de consumo, dejando su acceso solo a quienes pueden pagarlo. Pero la cultura no puede ser un privilegio de unos pocos. Necesitamos que sea un derecho garantizado, un espacio donde todos podamos encontrarnos, reconocernos y proyectarnos.

Más allá del impacto social y educativo, también hay un factor económico. La industria cultural genera empleo, dinamiza el turismo y potencia sectores productivos estratégicos. Países como Francia o Canadá han entendido que invertir en cultura es también apostar por el desarrollo económico. Chile, con su riqueza en cine, música, literatura y patrimonio, tiene un potencial enorme. Pero para aprovecharlo, es clave un respaldo público sostenido y decidido.

El aumento del 46% en el presupuesto del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio para 2025 es un avance importante, pero aún insuficiente: seguimos lejos de la meta del 1% del presupuesto nacional destinado a cultura. Y lo preocupante es que cada vez que se intenta avanzar en este sentido, surgen voces que insisten en que la cultura es prescindible. No lo es. Un país sin cultura es un país sin memoria, sin identidad, sin capacidad de imaginarse a sí mismo de otra manera.

Invertir en cultura no es derroche: es una necesidad urgente. Es construir ciudadanía, fortalecer la educación y apostar por una sociedad más equitativa. En tiempos de crisis, lo que define a un país no es solo cómo enfrenta sus problemas inmediatos, sino cómo construye el futuro. Y sin cultura, ese futuro será, inevitablemente, más pobre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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