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“La magia del oficio, magia se queda” de Gabriela Mistral: a enfrentar la crisis heredada CULTURA|OPINIÓN

“La magia del oficio, magia se queda” de Gabriela Mistral: a enfrentar la crisis heredada

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La lectura de este libro es altamente recomendable no solo para profundizar en el pensamiento de Gabriela Mistral, sino también porque, como señala en el prólogo, “sus textos resuenan desde el más allá con valentía y sin alardes”.


Este libro reúne una selección de prosa y poesía de Gabriela Mistral en torno a su visión sobre los oficios, en el marco de la conmemoración de los ochenta años desde que recibió el Premio Nobel de Literatura, otorgado el 10 de diciembre de 1945 en Estocolmo, Suecia. Sus reflexiones, permiten adentrarse en su perspectiva sobre el trabajo, las artesanías y los oficios. A pesar de haber sido escritos hace más de un siglo, estos textos siguen siendo sorprendentemente actuales.

Esta publicación es el resultado de la investigación que realizaron Gladys González, poeta, escritora y directora de Ediciones Libros del Cardo y Javiera Naranjo, investigadora y cofundadora de la organización Oficios Varios, institución dedicada a la investigación y difusión de oficios en Chile, cuyo objetivo es resguardar y preservar el trabajo hecho a mano.

“El mundo no es posible sin los oficios, su traspaso ha sido la labor de personas de las que hemos ido aprendiendo, con atención y cariño, en cada gesto y pasos generosos que nos enseñan nuestros maestros y maestras. La labor de quienes aprendimos es volver a enseñarlas y transmitirlas para que no se corte la fibra invisible y resistente que se ha ido tejiendo durante una vida en conjunto con el planeta”, según palabras de las autoras de esta compilación.

Se rescata la alta valoración que tenía la poeta chilena de los oficios:

“Me pongo a pensar en el artesano chileno que apenas ha nacido, si ha nacido. Ni los patrones se ocupan de cultivar sus habilidades, porque no se engría y cobre más; ni a él mismo le importa mucho mejorarse, porque ignora qué pascua permanente son sus artesanías en Europa; ni el Estado ha hecho gran cosa por su ennoblecimiento, aunque sea el protector natural de las labores manuales, una tras otra”.

Más adelante se refuerza esta opinión cuando nos advierte:

“Cuando el artesano se vuelva por su capacidad de creación tanto sesos como puños, y corresponda a tal vigor de sus riñones tal fineza de pupila, se caerá solo el muro que ha dividido el trabajo en jerarquías, y broncero superior igualará a compositor de sinfonía y esmaltador de Copenhague a cirujano de Nueva York”. (Mayo de 1927).

Gabriela parece decirnos que en las manos de los artesanos vive el eco del pasado, la memoria de generaciones que moldearon la historia con paciencia y destreza. Son alfareros, tejedores, talladores y herreros, herederos de un conocimiento que no se escribe, sino que se transmite en el calor del taller, en el roce de las herramientas y en la sabiduría del gesto repetido hasta la perfección.

Cada vasija de barro, cada filigrana en la madera, cada telar que entrelaza colores es más que un objeto: es la expresión de un arte que resiste el paso del tiempo, que se rehúsa a desaparecer en una era de máquinas y producción en serie. Son testimonio de la identidad de los pueblos, de la conexión entre el hombre y la naturaleza, de la belleza de lo hecho a mano, con alma y dedicación.

También es relevante el concepto de oficio lateral que nos presenta la poeta. Con este término se expresa la necesidad que tenemos todas las personas de complementarnos con otra actividad, más allá de la que realizamos para “ganarnos el pan”. En palabras de Gabriela:

“Ignoraba yo por aquellos años lo que llaman los franceses el ‘métier de côte’, o sea, el oficio lateral; pero un buen día él saltó de mí misma, pues me puse a escribir prosa mala, y hasta pésima, saltando, casi en seguida, desde ella a la poesía, quien, por la sangre paterna, no era jugo ajeno a mi cuerpo. Lo mismo pudo ocurrir en esta emergencia de crear cualquier cosa, el escoger la escultura, gran señora que me había llamado en la infancia, o saltar a la botánica, de la cual me había enamorado más tarde”.

En el caso de Gabriela, la poesía fue su segundo oficio:

“En el descubrimiento del segundo oficio había comenzado la fiesta de mi vida. Lo único importante y feliz en aldea costera sería el que, al regresar de mi escuela, yo me ponía a vivir acompañada por la imaginación de los poetas y de los contadores, fuesen ellos sabios o vanos, provechosos o inútiles”.

En esta reflexión, la poeta también se enfoca en la pedagogía y lamenta que por las difíciles condiciones que enfrenta el magisterio, no se den las condiciones para la autorrealización cumpliendo esta importante y delicada labor, por ello sentencia:

“Aquellas buenas gentes renunciadas por fuerza, que nacieron para ser los jefes naturales de todas las patrias, y hasta marcados a veces con el signo real de rectores de almas, van quedándose con la resobada pedagogía de la clase y eso que llamamos ‘la corrección de los deberes’. Y cuando ya les sobreviene este quedarse resignados en el fondo de su almud, o sea la mera lección y el flojeo de cuadernos, esta consumación significará la muerte suya y de la escuela”.

El llamado a los maestros y maestras es a buscar aquello que apasiona y realizarlo, para la felicidad propia y de la sociedad.

“Puesto que la alegría importa a muy pocos de nuestros ciudadanos y realmente estamos solos, pavorosamente solos, para velar sobre la vida propia, cuando el tedio se ha adensado y comenzamos a trabajar como el remero de brazos caídos que bosteza con aburrimiento al mar de su amor, en este punto, ha llegado el momento de darse cuenta y echar los ojos sobre los únicos recursos que habemos y que son los del espíritu. Es preciso, cuando se llega a tal trance, salir de la zona muerta y buscar afuera de la pedagogía, pero ojalá en lugar que colinde con ella, la propia salvación y la de la escuela, a fin de que la lección cotidiana no se vuelva tan salina como la Sara de Lot”.

Respecto a la situación que debe enfrentar el magisterio, se hace una dura crítica al sistema social de la época.

“La burguesía se preocupa poco o nada de los que apacientan a sus hijos y el pueblo no se acerca a ellos por timidez. Nuestro mundo moderno sigue venerando dos cosas: el dinero y el poder, y el pobre maestro carece y carecerá siempre de esas grandes y sordas potencias”.

Esta obra se organiza en seis secciones: Reflexiones en torno al oficio; Maestría del oficio; Oficios; Oficios de Mujeres; Poemas sobre oficios y Elogios de las materias, en cada una de ellas, la elocuencia de la prosa de Gabriela Mistral y la pasión de sus argumentos nos ensancharán la visión y concepto de las artesanías y oficios, transformando nuestro punto de vista, ayudándonos a comprender la ética mistraliana en torno al trabajo y la vida.

En un mundo que avanza con prisa, este libro acerca de los oficios nos recuerda la importancia de la paciencia, del detalle y del amor por el trabajo bien hecho. Son raíces que nos sostienen, cultura que se modela en barro, hilos que nos tejen con el pasado. Gabriela nos invita a honrar a quienes mantienen viva esta herencia, porque en cada pieza creada hay una historia, y en cada historia, la esencia misma de nuestra humanidad.

La lectura de este libro es altamente recomendable no solo para profundizar en el pensamiento de Gabriela Mistral, sino también porque, como señala en el prólogo, “sus textos resuenan desde el más allá con valentía y sin alardes. Sus palabras actúan como coordenadas para enfrentar la crisis heredada, invitándonos a reconocernos y a trazar límites donde el capitalismo no pueda penetrar, no por su inexistencia, sino porque estamos aprendiendo a construir espacios donde sus lógicas no operen”.

Ficha técnica:

“La magia del oficio, magia de queda”

Gabriela Mistral y los Oficios
Gladys González y Javiera Naranjo
Ediciones del Cardo
Organización Oficios Varios
229 paginas
Año 2024

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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