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Agua, vida y biosfera moderna Opinión

Agua, vida y biosfera moderna

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Juan Pablo Orrego Ecólogo
Por : Juan Pablo Orrego Ecólogo Ecólogo, Presidente de Ecosistemas. Coordinador Internacional del Consejo de Defensa de la Patagonia.
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Necesitamos transmutar nuestro país que promueve la minería a expensas de los glaciares, país que ha despedazado cuencas y asesinado ríos de mil maneras en aras del «progreso» o sea, del lucro millonario de algunos bien conocidos. Pensemos en los océanos, origen de la vida, colmados de plástico; en nuestro fértil mar ‘soberano’ depredado hasta su agotamiento por un monopolio pesquero. Pensemos en la magnífica floresta tropical de la cuenca amazónica que sufre y se encoge entre el fuego y la tala rasa para el cultivo de soya y la crianza de ganado vacuno para hamburguesas.


Hay consenso a nivel mundial que la gestión o administración humana de las aguas de la biósfera en el planeta es la causa de la crisis hídrica mundial. Hasta donde sabemos, el agua no se fuga, no se escapa al exterior de la atmósfera  ni se destruye acá abajo. De hecho, el hidrógeno en su total levedad podría escaparse de la gravedad planetaria si no estuviera enlazado con oxígeno en la molécula H2O que llamamos agua. Así, entre sus múltiples funciones ecológicas, el agua contribuye a mantener el vital hidrógeno en nuestro sistema biosférico. La molécula del agua es notablemente resiliente, mágica. Ante los cambios de temperatura, por ejemplo, en vez de destruirse, el agua cambia de estado: hielo sólido, líquido, vapor. Es la misma cantidad de agua que mora en este planeta desde su incierta llegada a la Tierra en proceso de formación, bastante antes del surgimiento de lo viviente.

Vida, toda basada en agua, que surge también de un medio acuático que los biólogos llaman la “sopa primordial”: los océanos primigenios, calientes, magmáticos, cargados de todo tipo de elementos químicos y bajo el constante bombardeo eléctrico de los rayos. ¡Acuático y vigoroso, telúrico, el origen de la vida!

La humanidad, durante los últimos siglos -y para qué decir la moderna o civilización globalizada- hemos trastocado todo, hemos desequilibrado los ciclos de muchos elementos, entre ellos y prominentemente por su vital importancia, el agua.

[cita tipo=»destaque»]Reforestar las cuencas hidrológicas con sus especies nativas, recuperar ecosistemas. Pensemos en todos los humedales fastuosos de biodiversidad, vitales cuerpos de agua y vida, desaparecidos bajo Concepción y Valdivia, y bajo el barrio industrial en la salida norte de Santiago. Pensemos en la desembocadura de nuestro río Maipo, canalizado sin mediar ninguna reflexión ambiental profunda y sistémica, con una chipeadora y un estacionamiento de camiones y contenedores encima del humedal Ojos de Agua, lleno, además, de basura domiciliaria. ¿Qué nos pasa?[/cita]

Las aguas siguen estando aquí, pero ya no están donde estaban antes en la actual biosfera con la que co- evolucionamos. Esta biosfera «moderna» que se remonta a unos 66 millones de años. Que surge -nuevamente desde el microcosmos de bacterias y hongos- después del impacto de un meteorito, en lo que hoy llamamos el Golfo de Yucatán, que aniquiló cerca del 70% de lo viviente, según los expertos paleontólogos, geólogos, arqueólogos.

Por esto la necesidad imperiosa -de vida o muerte- de entender cómo funciona ‘nuestra’ biosfera (nuestro cuerpo extendido) y sus ciclos, y cuál es nuestro verdadero lugar en esta comunidad holográfica, compenetrada, simbiótica.

La vida, nosotros incluidos, participamos en un continuum espaciotemporal que abarca desde el más micro- hasta el más macro- cosmos. Desde el primer átomo de hidrógeno hasta el sol y más allá. Somos polvo de estrellas. Esto es concreto, atómico, molecular. Participamos absoluta y constantemente del flujo recursivo de materia (entre ellas el agua), energía e información de toda la biosfera. Es bastante alucinante percibir y asumir ésto. Hay que surfear, bailar con esta realidad, en vez de antagonizarla por temor a esta ‘unidad en la multiplicidad’ que parece atentar contra nuestra tan sobreestimada individualidad. Es necesario que nos pongamos, con la humildad que corresponde a motas de polvo y agua, al servicio de nuestra propia naturaleza.

Dedicarnos a restaurar las residencias de las aguas en la Tierra: océanos y mares (¿podemos restaurar las nubes?), glaciares, ríos, lagos, humedales, estuarios, todos los cuerpos basados en agua de todos los organismos, nuestros propios cuerpos humanos. Es interesante que a todos los anteriores les digamos “cuerpos” de agua, ¿verdad? Conservar la ‘biodiversidad’ que somos mayormente agua y que ‘capturamos’ carbono en nuestros cuerpos, para que así no ande flotando en la atmósfera en forma de CO2, provocando efecto invernadero.

Reforestar las cuencas hidrológicas con sus especies nativas, recuperar ecosistemas. Pensemos en todos los humedales fastuosos de biodiversidad, vitales cuerpos de agua y vida, desaparecidos bajo Concepción y Valdivia, y bajo el barrio industrial en la salida norte de Santiago. Pensemos en la desembocadura de nuestro río Maipo, canalizado sin mediar ninguna reflexión ambiental profunda y sistémica, con una chipeadora y un estacionamiento de camiones y contenedores encima del humedal Ojos de Agua, lleno, además, de basura domiciliaria. ¿Qué nos pasa?

Necesitamos transmutar nuestro país que promueve la minería a expensas de los glaciares, país que ha despedazado cuencas y asesinado ríos de mil maneras en aras del «progreso» o sea, del lucro millonario de algunos bien conocidos. Pensemos en los océanos, origen de la vida, colmados de plástico; en nuestro fértil mar ‘soberano’ depredado hasta su agotamiento por un monopolio pesquero. Pensemos en la magnífica floresta tropical de la cuenca amazónica que sufre y se encoge entre el fuego y la tala rasa para el cultivo de soya y la crianza de ganado vacuno para hamburguesas.

Necesitamos sanar la biosfera, devolverle su integridad, su audaz equilibrio. Restaurar y restaurar. Solo así se restablecerán los ciclos biosféricos, y “la” agua, y muchos otros asombrosos elementos vitales volverán a estar más o menos donde estaban antes del descalabro provocado por nosotros.

Algo que contribuye a tener más perspectiva es recordar que la vida misma, las bacterias y todo lo más profundo que la subyace, bailan alegremente en torno a los descalabros biosféricos. La vida ha evolucionado a punta de sucesivos “eventos de nivel de extinción”. Es indestructible mientras el sol esté en su fase ‘benéfica’. El tema álgido hoy es la supervivencia de la humanidad como la conocemos. Ahora, si seguimos portándonos como pésim@s vecinos y vecinas para la comunidad biosférica, entonces nos mereceremos un destino apocalíptico y que surja una nueva biósfera con otro entramado bioecológico, quizás sin humanos. Con seres que sepan manejar/administrar/gestionar mejor el flujo intimidante de materia (entre ellas las aguas), energía e información en este planeta agua/tierra, vitalizado desde los altos cielos por el Inti… Tao… Antü … Sol… Sun… portentoso.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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