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Fiestas clandestinas, ¿lo sagrado o lo profano? Opinión

Fiestas clandestinas, ¿lo sagrado o lo profano?

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Alvaro Vergara N
Por : Alvaro Vergara N Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad.
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Varios periodistas, intelectuales públicos y líderes de opinión salieron a denunciar que la actuación de estos jóvenes se debía al “individualismo exacerbado” de la sociedad chilena. Pero están equivocados, al menos conceptualmente. No es individualismo lo que se desprende de su conducta, sino egoísmo, ya que como explica Alexis de Tocqueville, el individualismo es sólo “un sentimiento pacífico y reflexivo”. El problema, y cómo el mismo Tocqueville advirtió, es que este sentimiento, bajo ciertas situaciones se transforma en egoísmo, y eso si es peligroso para la sociedad.


Alrededor de 60 contagiados, más de 150 contactos estrechos y dos sumarios fueron parte del saldo dejado a raíz de las fiestas clandestinas realizadas en Cachagua. Con todo, esta situación no sólo dejó a su análisis números concretos y situaciones desafortunadas, sino también otros interesantes fenómenos sociales de fondo y que vale la pena analizar: la experiencia de lo sagrado y lo profano, además del presunto “individualismo” de los asistentes.

Es natural que la experiencia de la pandemia y el distanciamiento físico nos haya hecho perder un montón de vivencias colectivas, lo que poco a poco ha ido dañando a la cultura. La cultura, es decir, aquella experiencia colectiva constituida por una mezcla de ritos, vivencias, símbolos y prácticas, suele debilitarse al imponer el distanciamiento social, pues esta posee un componente intrínseco de corporeidad y encuentro. Dentro de aquellas prácticas, dos cualidades de la vida social conviven, pese a que estén en contraposición. Por un lado, lo profano o aquello de la vida cotidiana que no tiene por fin buscar un valor trascendental y por el otro, lo sagrado o lo que se manifiesta a través de actos completamente diferentes, de una realidad que no pertenece a nuestra cotidianidad.

[cita tipo=»destaque»]Es necesario comprender que tanto el ejercicio como la regulación de lo sagrado depende de las directrices de la política. Si no se hacen los esfuerzos por recuperar aquellas prácticas que poseen componentes de lo sacro, es decir los cultos religiosos, los conciertos, el estadio y muchos otros, terminaremos por generar sociedades más egoístas a la larga. Las personas buscarán el acceso a estos elementos de la vida humana igual, porque ello da sentido a nuestras monótonas vidas. Y debe sumarse a aquello, que el rito cuenta con la particular propiedad de brindar cohesión social, por lo tanto, excluirlo de la vida social generará a la larga egoísmo.[/cita]

Ahora bien, lo sagrado no tiene que ver sólo con experiencias religiosas. En sociedades cada vez más secularizadas, es normal que lo sacro se manifieste a través de otras actividades, entre ellas la fiesta, por ejemplo. Actividades similares cumplen la función de dar al individuo cura o respiro de lo cotidiano, de pujar por algo diferente en aquella monotonía.

Es acá donde entra el tema no sólo de las fiestas a Cachagua a la discusión, sino el de todas las fiestas clandestinas que se han hecho durante la pandemia. La fiesta en sí, tiene un componente sacrificial, por muy banal que se perciba en el exterior. En ella, lo común es que el individuo salga de su cotidianidad para gastar el excedente de su trabajo con el ánimo de compartirlo con los demás. Es un acto que no posee intenciones utilitarias, no busca generar réditos ni rentas directas de su acción.

Lo sagrado se acopla a los vaivenes constantes de la modernidad y a lo que es permitido dentro de ella. Es por esto que prácticas antiguas, que se veían como antiéticas fueron luego prohibidas y mal miradas. Este es el problema de fondo con las fiestas clandestinas, poseen algunos motivos anteriormente descritos pero la política ha restringido su ejercicio. La consecuencia entonces, es que gente busca estas experiencias a través de la clandestinidad, acompañados de un vicio fatal: el egoísmo.

Varios periodistas, intelectuales públicos y líderes de opinión salieron a denunciar que la actuación de estos jóvenes se debía al “individualismo exacerbado” de la sociedad chilena. Pero están equivocados, al menos conceptualmente. No es individualismo lo que se desprende de su conducta, sino egoísmo, ya que como explica Alexis de Tocqueville, el individualismo es sólo “un sentimiento pacífico y reflexivo”. El problema, y cómo el mismo Tocqueville advirtió, es que este sentimiento, bajo ciertas situaciones se transforma en egoísmo, y eso si es peligroso para la sociedad.

El egoísmo es un vicio que provoca en la persona una preocupación exclusiva por su suerte y no por lo que puedan sufrir sus semejantes, y que al final termina destruyendo las virtudes públicas (así lo sentían por lo menos Cicerón, Adam Smith, Tocqueville y muchos otros más).

Es necesario comprender que tanto el ejercicio como la regulación de lo sagrado depende de las directrices de la política. Si no se hacen los esfuerzos por recuperar aquellas prácticas que poseen componentes de lo sacro, es decir los cultos religiosos, los conciertos, el estadio y muchos otros, terminaremos por generar sociedades más egoístas a la larga. Las personas buscarán el acceso a estos elementos de la vida humana igual, porque ello da sentido a nuestras monótonas vidas. Y debe sumarse a aquello, que el rito cuenta con la particular propiedad de brindar cohesión social, por lo tanto, excluirlo de la vida social generará a la larga egoísmo.

Para lograr el reencuentro con lo sagrado será necesario recuperar cierta corporeidad. Es momento de empezar a pujar por una mayor apertura a estos espacios, aunque se utilicen con menor aforo, distanciamiento físico, mayores medidas de seguridad y responsabilidad. Sobre todo esta última, recordemos que el ejercicio de la libertad siempre implica responsabilidad individual.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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