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La promesa británica de ayuda a otros países envía un mensaje al resto del mundo Columna de Martin Wolf

La promesa británica de ayuda a otros países envía un mensaje al resto del mundo

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En términos de ayuda para el desarrollo, Gran Bretaña es un líder mundial. Es el único miembro del grupo de siete países con grandes ingresos en alcanzar el objetivo de ayuda. Estados Unidos consiguió sólo el 0.17% en 2015.


Por Martin Wolf*

La próxima elección general británica es una oportunidad para descubrir el rol del país dentro del mundo. Inevitablemente, la atención estará en el Brexit. Pero, asumiendo que lo del Brexit se hará realidad, empujará al Reino Unido a una nueva postura global. Algo no debe cambiar, de hecho, debe ser apoyado: la postura relativamente generosa del Reino Unido como contribuyente al desarrollo.

Este fue el legado más admirable de David Cameron. Theresa May, su sucesora como primer ministro, debería renovar el compromiso de conseguir la meta del 0.7% de ayuda del producto interno bruto. Esto es algo que Reino Unido puede costear y estaría de acuerdo con la ética de May. Repercutiría en el crédito del país pero ante todo, sería lo correcto.

En términos de ayuda para el desarrollo, Gran Bretaña es un líder mundial. Es el único miembro del grupo de siete países con grandes ingresos en alcanzar el objetivo de ayuda. Estados Unidos consiguió sólo el 0.17% en 2015. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el desembolso neto de ayuda bilateral del Reino Unido ascendió a 18 mil millones de dólares en 2016. Esto era el 13% del total del desembolso neto por parte de miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo, solo debajo de los 33.6 mil millones  de dólares de Estados Unidos y los 24.7 mil millones de dólares de Alemania.

Este es un récord del cual sentirse orgulloso. Esto es lo que el filántropo Bill Gates comentó esta semana en el Real Instituto de Servicios Unidos en Londres. Gates señaló el notable progreso, especialmente en el área de la salud, que hemos visto en las últimas décadas y las contribuciones hechas por Reino Unido, en asociación con su propia Fundación Bill y Melinda Gates, a ese progreso.

Empecemos con una visión general: pese a todo el pesimismo, hay una mejoría sorprendente. La proporción mundial de la población que vive con menos de $1.90 por día (a la paridad de poder adquisitivo) cayó desde el 44% en 1981 a menos del 10% en 2015. La proporción mundial de niños que mueren en los primeros cinco años de vida disminuyó en dos tercios, desde un 12% en 1980 a un 4% en  2015. Aún en el empobrecido Malí, la tasa de mortalidad infantil cayó desde un 43% en 1955 a un 12% en  2015. Piense en lo que esto significa para los padres. Piense, también, en cómo ésta baja influyó en la tasa de fertilidad y también en las posibilidades para las mujeres para un mayor desarrollo.

¿Qué tiene que ver esta ayuda con tales progresos? “Si pudiera escoger sólo un número para destacar la efectividad de la ayuda al desarrollo, sería 122 millones”, dice Bill Gates. “Es el número que representa las vidas salvadas de niños desde 1990”. ¿Qué es lo que ha salvado tantas vidas? El factor principal, argumenta, es la vacunación: “Cada dólar invertido en la inmunización infantil ahorró $16 en atención médica y en pérdida de productividad”. Reino Unido ha jugado un rol de liderazgo en Gavi, asociación mundial de vacunas sin fines de lucro. A través de aportes del Departamento de Desarrollo Internacional, los contribuyentes han evitado 2 millones de muertes, afirma, y salvarán las vidas de cerca de 1 millón de niños en los próximos 3 años.

¿Puede alguien siquiera alegar que esto es dinero malgastado? Como insiste Gates: “El punto es que la ayuda funciona”. Esto no significa que funcione perfectamente pero ningún gasto gubernamental funciona a la perfección. Donde son mayores las necesidades también lo serán los retos. Para la gente que vive en países inestables, con un gobierno incompetente, corrupto o casi inexistente, la ayuda es más urgente. Países como Dinamarca  no necesitan ayuda, ellos la dan.

Aún así, las personas de países ricos no sólo tienen la obligación moral de ayudar a los más pobres del mundo, ellos tienen real interés en hacerlo. La población rica no puede ignorar la siguiente pandemia mundial o la siguiente ola de refugiados desesperados o emigrantes pobres.

Este interés es especialmente importante para Europa, dada su cercanía con el Medio Oriente y África. Y el Reino Unido seguramente querrá mostrar su interés, y obligaciones, con sus vecinos europeos. En efecto, seguir con su compromiso de ayuda es una manera relevante de mostrar que el Brexit no significa aislacionismo, una postura tanto lamentable como inútil. Además, sólo si el Reino Unido continúa gastando dinero, tendrá la autoridad de persuadir a otros, en particular Estados Unidos, para que también esté dentro de sus intereses, y en la obligación moral de ayudar a las personas más pobres del mundo.

¿Puede Reino Unido costear esto? Claro que sí. El presupuesto para la ayuda es de 2% de gasto público: casi todo el gasto que realiza el Reino Unido va para los ciudadanos, con una pequeña porción dirigida a la población más pobre del mundo. Esta ayuda es, sin lugar a dudas, beneficiosa para los que la reciben. Esto también aporta a la autoridad moral del Reino Unido. Sobre todo, Gran Bretaña debería reforzar su promesa de ayuda, porque es lo que debería hacer un país rico. El primer ministro ha hablado sobre un futuro en el cual Gran Bretaña acoge a todo el mundo. El Reino Unido continuaría demostrando que esta cobertura incluye a los más pobres.

* Traducido por Bárbara Barraza Sanhueza, Traducción Inglés Español Universidad Arturo Prat de Iquique (UNAP).

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