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Carolina Goic y la Cuarta Vía

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Hasta hoy, sólo sabíamos de la existencia de una tercera vía: el camino propio que se abría entre la izquierda y la derecha o, el del Frente Amplio, que buscaba ser alternativa al denominado duopolio conformado por la Nueva Mayoría y Chile Vamos.

Eso ya es pasado desde que una nueva concepción de las alianzas políticas y de la voluntad soberana expresada en las urnas ha empezado a mostrar su genuina fisonomía. Se trata de una cuarta vía. Una senda que supera por arriba todo lo imaginado, coronando así la trayectoria que se inició pocos meses después de la instalación del actual gobierno y que ha mantenido en persistente dilema la permanencia de la Democracia Cristiana en la centroizquierda.

El senador Ignacio Walker no pudo haber sido más claro cuando este fin de semana reveló los alcances de semejante derrotero. El itinerario comienza con la ratificación, en la próxima junta nacional, del plebiscito que habrá de aprobar la participación de la colectividad en la primera vuelta de noviembre. Luego contempla la proclamación de una candidatura presidencial, que podría resultar derrotada, lo cual obligaría al partido a definir a quién apoyar en la segunda vuelta, momento éste en que, a falta de opciones, la única salida que podría ofrecerle al país sería el… ¡voto en blanco!

[cita tipo=»destaque»]Contrastando con un ánimo de derrota y desesperanza, la senadora Carolina Goic ha planteado tres cuestiones cruciales: recuperar la mística y convicción democratacristiana, asumir el desafío de ser candidata presidencial, y competir en las primarias de la Nueva Mayoría que, sin embargo, debe ponerse al día para representar los anhelos del país.[/cita]

El voto en blanco es una hoja sin escribir, es el vacío de la acción, es la ausencia de la política. Es oferta inédita y desconcertante en la Democracia Cristiana, un partido de profundas raíces doctrinarias que, en momentos cruciales de nuestra historia, ha asumido con resolución el liderazgo que lo convoca. No lo merecen los militantes de la colectividad que, en julio, cumplirá sesenta años de vida. No lo merecen los campesinos que, en el mismo mes, recordarán con gratitud los cincuenta años de la reforma agraria impulsada por el presidente Frei. Y, sobre todo, no lo merece el país, que espera una política fundada en los principios éticos legados por el humanismo.

La Junta Nacional del 11 de marzo tiene la última palabra. Creemos que en ella primará un compromiso con el buen uso del porvenir. Porque si, como ha escrito Enrique Krauss, «participar aisladamente en primera vuelta no resulta sino una evasiva transitoria», la pérdida de fe y de vigor que entraña la vía del voto en blanco, es lo más cercano a la frialdad de la muerte política.

Contrastando con este ánimo de derrota y desesperanza, la decisión de la senadora Carolina Goic devuelve a la Democracia Cristiana, especialmente a sus jóvenes generaciones, el espíritu de los fundadores. Ella ha planteado tres cuestiones cruciales que marcan un antes y un después en el actual debate. Ha dicho que, más allá del puro cálculo de poder, existe una política de lucha y testimonio que debe ser desplegada con mística y convicción. También ha expresado que asume sin ambages el desafío de ser candidata presidencial. Y, por último, ha precisado que esta competencia debe librarse en el seno de la Nueva Mayoría, partiendo por impulsar su aggiornamento y concurriendo a las primarias del 2 de julio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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