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El buenismo y los progres Opinión

El buenismo y los progres

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Bruno Ebner
Por : Bruno Ebner ‎Periodista y realizador independiente
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Un buenista defiende a rajatabla los derechos de las minorías e inmigrantes. Eso, en principio, no tiene nada de malo, todo lo contrario. Pero un buenista es tan buenista, que es capaz de aceptar las barrabasadas y prácticas reprochables de los inmigrantes, en pleno siglo XXI, en vez de defender las propias convicciones de la cultura anfitriona.


Hasta hace poco, el buenismo no era una palabra muy expandida; sin embargo, los últimos sucesos mundiales, relacionados especialmente con el terrorismo islámico en Europa y la inmigración descontrolada, la han ido extendiendo en su uso. Es que justamente es de Europa de donde proceden ideológicamente los buenistas, forma de pensar que ya ha ido cruzando fronteras hasta el punto de llegar a Chile y el resto de Latinoamérica.

¿Pero qué es exactamente un buenista? Académicamente, podría decirse que el buenismo es un concepto relativamente nuevo, en expansión, estudio y desarrollo; aún no existe una definición en la RAE, pero sí definiciones «no oficiales» hasta en Wikipedia, incluso estudios relativamente serios sobre el término. Pero, para explicarlo en fácil, es cosa de examinar la palabra en sí. Buenista viene de bueno, buena persona, buena onda, comprensivo, súper comprensivo, demasiado comprensivo. También tolerante: súper tolerante, ultratolerante, con todo y con todos. Por supuesto, con todos y con todas (un buenista nunca olvida la ya tediosa distinción de género). El buenista es un tipo abierto y respetuoso con todas las culturas… salvo con la cultura propia.

Raro, pero es así. El buenista es un occidental, casi siempre de izquierda, que tiene un extraño síntoma de aversión a la cultura occidental. Es un curioso caso de acomplejado por la idiosincrasia propia. El buenista acepta, comprende y valora todas las culturas, y siempre encuentra una explicación para tradiciones o situaciones de otras sociedades que a cualquier «no buenista» le chocarían. Menos en la propia. Un buenista químicamente puro sería capaz de aceptar que su hija lleve un burka en pleno Madrid para no ofender a los musulmanes furiosos, antes que defender con garras la sociedad europea laica y con libertades donde vive. Todo, con tal de que el inmigrante, o el europeo hijo de inmigrantes, no se «ofenda».

Y es que el buenista tiene terror a ofender a otras culturas o colectivos. Salvo a la suya, claro. Un buenista puede felicitar con entusiasmo a los musulmanes por el ramadán, pero a la vez desnudarse en una iglesia católica en señal de protesta. No es una exageración, los de Podemos en España así lo hicieron. Saludan felices el tradicional mes del islam (y uno de los más sangrientos, sobre todo el de ahora) pero, hace pocos años, una dirigenta «podemita», que entonces estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid, quedó en sostenes junto a otras varias manifestantes, en la capilla universitaria, para reclamar laicismo.

Un buenista defiende a rajatabla los derechos de las minorías e inmigrantes. Eso, en principio, no tiene nada de malo, todo lo contrario. Pero un buenista es tan buenista, que es capaz de aceptar las barrabasadas y prácticas reprochables de los inmigrantes, en pleno siglo XXI, en vez de defender las propias convicciones de la cultura anfitriona. Por ejemplo, un buenista está seguro de que la mayoría de las mujeres que usan el burka, niqab, velo islámico o el polémico «burkini», lo hacen por su profunda e íntima convicción religiosa, y no presionadas de modo alguno por los hombres de la sociedad patriarcal y machista que reina en la cultura musulmana. Y por eso critican y marchan contra los gobiernos y autoridades europeos que han prohibido el uso de estas prendas en ciertos lugares.

[cita tipo=»destaque»]Pero hay que ser justos. Un buenista no solo pontifica con la tolerancia religiosa (salvo la cristiana, obvio). Pontifica contra todo lo políticamente incorrecto. Y es que el buenista es por definición políticamente correcto. Está hecho para ser el mejor de los portavoces, el más extraordinario adalid del lenguaje de buena crianza. Un buenista, tal como es concebido ahora, no podría haber fructificado hace dos o tres décadas, cuando hacer bromas sobre gays, gordos, mujeres, chinos, etc., era parte del humor cotidiano. Hoy un buenista no podría siquiera imaginar un chiste sobre negros o tartamudos sin ofenderse. Estamos en la década de los ofensores y ofendidos.[/cita]

Asimismo, un buen buenista tolera y comprende que los colectivos musulmanes presionen en las escuelas públicas del norte de Europa para que el viernes no haya clases por ser el día de descanso del islam. A su vez, acepta que se separen a los niños y niñas en esa misma escuela pública (y laica) para la práctica de educación física, con el fin de no exponer a las niñas al contacto lascivo con los infantes varones. Para ser honestos, algo parecido a lo que sucede en algunos colegios religiosos del sector oriente de Santiago.

Y esto porque, ahí el quid del asunto, para un buenista es sinónimo de muerte en vida el que le acusen de racismo, fascismo, xenofobia, islamofobia o discriminación. Y todo vale para impedir ese señalamiento fatídico, incluso renunciar a los valores propios que se forjaron en Europa tras siglos de guerras, luchas sociales y conquistas ciudadanas. Por eso es que muchos gobiernos europeos son reprochados por sus críticos como buenistas: porque, aseveran, son firmes defensores de los derechos humanos de los sospechosos de terrorismo, pero no de la seguridad de quienes vuelan en pedazos tras una bomba. Esta semana, de hecho, la criticada Primera Ministra británica, Theresa May, aseguró horas antes de los comicios de este jueves que, si la legislación de DDHH inglesa obstaculizaba el combate efectivo al terrorismo, dichas leyes «debían ser cambiadas». Nuevos cuestionamientos llegaron de sus rivales, como era de esperar, tras el anuncio. Y es que muchas veces conviene ser buenista o, al menos, hacerse pasar por uno para ganar los votos buenistas.

Porque un buenista –y esto es importante–, ante la racha de terrorismo de estas últimas semanas, por supuesto que condena las muertes de inocentes, pero va más allá: se remonta a la época de las cruzadas (Edad Media) para insistir que en el cristianismo también hubo muchos asesinatos y tropelías de la iglesia. También apunta a la discriminación y exclusión que sufrirían los jóvenes inmigrantes (siempre musulmanes), para intentar comprender la génesis de su odio a Occidente. Eso sí, no considera el pequeño detalle de que en Europa también hay otros grupos étnicos y culturales muy vulnerables, como los latinos, gitanos o africanos subsaharianos, pero que no se les ocurre andar arrollando o ametrallando a nadie en la calle.

El buenista también ataca a la raíz del problema, a su manera. Cree que esta virtual –o ya no tan virtual– guerra de civilizaciones obedece a un fin más político y de dominación que religioso. El buenista, por cierto, desconfía de Europa, Estados Unidos e Israel, y sospecha que todo esto es una planificada operación e invención a tres bandas, con el único fin de apropiarse del petróleo árabe. Muchos buenistas aseguran que en verdad el Estado Islámico es una farsa creada por Washington y sus esbirros, y que sus cabecillas son en verdad infiltrados de la CIA. Y que los «mártires» son solo pobres tontos útiles de un gran ajedrez. Sobre la existencia de esta teoría conspirativa, en lo personal, aunque comparto algunas dudas o situaciones extrañas, necesito más información, pero en lo de tontos útiles sí que es cierto. Un imán radical jamás se va a inmolar por nada. ¿Para qué? Tiene a cientos de mentes débiles fáciles de convencer para hacerse estallar con el cuento de las 72 vírgenes.

Pero hay que ser justos. Un buenista no solo pontifica con la tolerancia religiosa (salvo la cristiana, obvio). Pontifica contra todo lo políticamente incorrecto. Y es que el buenista es por definición políticamente correcto. Está hecho para ser el mejor de los portavoces, el más extraordinario adalid del lenguaje de buena crianza. Un buenista, tal como es concebido ahora, no podría haber fructificado hace dos o tres décadas, cuando hacer bromas sobre gays, gordos, mujeres, chinos, etc., era parte del humor cotidiano. Hoy un buenista no podría siquiera imaginar un chiste sobre negros o tartamudos sin ofenderse. Estamos en la década de los ofensores y ofendidos.

El «postureo»

¿Y a cuento de qué aparecen los progres? ¿Qué son los progres?

Los progres están por defecto relacionados con los buenistas, aunque, como los estudios sociológicos sobre el buenismo aún no están completos, no se determina del todo la prevalencia de unos sobre otros. Es decir, ¿se puede ser buenista y progre a la vez? Por supuesto, es lo más normal. Aun así, es remotamente posible que un progre no sea buenista o que un buenista no sea progre, aunque para eso el tipo casi debiera venir de Marte.

Como su nombre indica, el progre es progresista. Es una forma coloquial de referirse a estos últimos. A diferencia del buenismo, el progre sí aparece en la RAE como una persona o colectividad «de ideas y actitudes avanzadas». Y siempre de izquierda. Un progre no puede no ser de izquierda. Lo identifican los movimientos sociales izquierdistas de toda índole. Defiende a los estudiantes afectados por el modelo educativo en Chile, pero denuncia que los estudiantes venezolanos que protestan contra el sátrapa Maduro son «fascistas» y «pagados por el imperialismo». Los progres son admiradores de los Castro en Cuba y defienden aquella dictadura como una dignidad del pueblo contra el imperio americano. Culpan al bloqueo de todo y exculpan al régimen de todo, aunque algunos progres más moderados pueden llegar a reconocer ciertos excesos de la tiranía comunista. Nunca suficiente para condenarla, claro. Su bandera es que la salud y educación en Cuba son gratuitas, pese a después no reconocer que los cubanos son los presos más educados y saludables del mundo. Pero presos, al fin y al cabo. Los progres, por ende, aplauden regímenes de cuestionable identidad democrática siempre y cuando no vivan en ellos. Como Podemos, en España, y de seguro muchos adherentes del Frente Amplio y el ala más a la izquierda de la agónica Nueva Mayoría.

¿Y cómo se vincula a un buenista con un progre? Por lo general, como se dijo, suele ser la misma persona. Un progre estándar es siempre de familia acomodada, de clase media hacia arriba, pero tirado a hippie setentero; de hecho, el término surgió en esa época. El progre tiene estudios universitarios y posgrados, sobre todo en humanidades: sociólogos, literatos, cientistas políticos, artistas, entre otros. El progre aborrece al capitalismo, pero tiene los últimos modelos de iPhone, iPad y Mac, ensamblados en China y su curioso modelo comunista-capitalista. El progre denuncia el clasismo y la ostentación del grupo gobernante de turno, sobre todo si es de centro hacia la derecha, pero se gasta un dineral en un restaurante vegano. Y muchos son veganos aunque no quieran serlo. Y varios de esos veganos en la intimidad, y por necesidad, comen alimentos de origen animal, pero no lo dicen para no dejar de ser progres. En España, el adjetivo es «postureo»: aparentar, ser sin ser. Es decir, poser. Y ya que hablamos de España, los actores Javier Bardem y Penélope Cruz son buenos ejemplos de progres. Ganan millonadas en Hollywood, viven rodeados de lujo, pero marchan por las calles de Madrid en demanda de derechos sociales.

Así está la cosa. En Chile tenemos nuestros propios buenistas, y muy progres. Y varios están en el Gobierno. Son los que jamás van a tachar como terrorismo el quemar gente viva, fundos y camiones en La Araucanía, o disparar en la oscuridad a mansalva, pero que sí denuncian abusos policiales hacia colectivos mapuche. Culpan, como es el mantra, al «Estado chileno» de todos los males y la falta de integración de algunas de estas comunidades.

Pero quizás me excedí con todo esto. No debí decirlo. Porque no sabemos si podremos seguir siendo libres de opinar o los lobbies buenistas o progres –defensores a medias de la libertad de expresión– nos obligarán a callar lo que todo el mundo piensa pero nadie habla, por temor a ser un nuevo leproso social.

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