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¿De qué hablamos cuando hablamos de guetos?

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Alberto Gómez
Por : Alberto Gómez Arquitecto, Magíster en Hábitat Residencial.
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A propósito de la utilización reciente y masiva del término “guetos verticales” para referirse a la concentración de numerosas viviendas en altura, es preciso decir que el concepto de gueto tiene implicancias políticas, económicas y sociales que van más allá de la densidad habitacional.

Primero es la construcción social de un territorio segregado, modelado por decisiones políticas y económicas, con límites no necesariamente claros, por lo tanto no es el resultado de una operación inmobiliaria particular, de hecho el origen del gueto se remite a la concentración de grupos étnicos y raciales en un territorio determinado, siendo los más conocidos los guetos judíos y el gueto negro norteamericano.

Según Loïc Wacquant, sociólogo estudioso de los guetos negros de Chicago, estos constituyen el paradigma de la nueva pobreza urbana, caracterizándolos como territorios urbanos segregados racialmente, marginados y estigmatizados, pero que sin embargo hasta la década del 70 contaron con una organización social activa que les permitió constituirse en una ciudad negra vívida dentro de otra ciudad. Posteriormente se inicia una decadencia social interna, transformándose en territorios en deterioro, dominados por la violencia, la desorganización social, el desempleo y los trabajos informales e ilegales.

[cita tipo=»destaque»]Aun cuando pudieran cuestionarse las similitudes entre los “guetos chilenos” y los norteamericanos, se debe tener presente la actual combinación de aspectos tales como el vigente proceso de inmigración masiva en Chile (componente racial del gueto); el predominio del mercado inmobiliario en el desarrollo de las ciudades que sigue alimentando la segregación urbana y residencial; y el probable nuevo achicamiento del Estado producto de gobiernos que tienden a extremar el protagonismo del mercado.[/cita]

Entre las principales causas de este deterioro, según Wacquant, se encuentran factores políticos y económicos. En primer lugar se inicia un retiro paulatino del Estado de Bienestar norteamericano, eliminando la seguridad social para gran parte de la población y promoviendo inversiones fuera de la “línea urbana de color” con el fin de estimular su decadencia. Los que tuvieron capacidad para salir lo hicieron, los que permanecen sobreviven con un Estado vigilante y controlador que ha optado por criminalizar la pobreza como forma de demostrar su “eficiencia” ante el resto de la sociedad. En segundo lugar se inicia una transformación del mundo laboral debido a la presencia de un capitalismo avanzado que pone en crisis a los grandes enclaves industriales centralizados y que en parte daban cierta estabilidad a la fuerza trabajadora del gueto. Las transformaciones dan paso a un sistema de empleos abiertos, flexibles y descentralizados con lo cual comienzan a eliminarse paulatinamente los trabajos permanentes y semicalificados a cambio de  horarios variables y con bajos salarios, favoreciendo la rentabilidad y acumulación de las empresas en el corto plazo. Este cambio en el sistema laboral redunda en desempleo, inestabilidad laboral y el surgimiento de trabajos ilegales como el tráfico de drogas y la delincuencia.

En Chile lo más cercano a un gueto, sin la presencia aparente del componente racial, lo conforman zonas residenciales segregadas y estigmatizadas que en muchos casos el propio Estado ha promovido a partir de las políticas de reducción del déficit habitacional de los años 90. Son territorios conformados por grandes áreas de viviendas desconectadas de la trama urbana, con infraestructura de mala calidad, espacios públicos precarios y déficit de transporte, equipamientos y servicios, todo lo cual ha generado marginalidad, problemas sociales, una baja calidad de vida de sus habitantes y ha promovido la aplicación de nuevos programas públicos de intervención y regeneración barrial.

Aun cuando pudieran cuestionarse las similitudes entre los “guetos chilenos” y los norteamericanos, se debe tener presente la actual combinación de aspectos tales como el vigente proceso de inmigración masiva en Chile (componente racial del gueto); el predominio del mercado inmobiliario en el desarrollo de las ciudades que sigue alimentando la segregación urbana y residencial; y el probable nuevo achicamiento del Estado producto de gobiernos que tienden a extremar el protagonismo del mercado. Todo esto perfila un nuevo escenario que plantea un problema aún más complejo en materia de políticas urbanas y de vivienda.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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