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Falkland calling Opinión Crédito: Jorge G. Guzmán

Falkland calling

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Jorge G. Guzmán
Por : Jorge G. Guzmán Profesor-investigador, U. Autónoma.
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El ingreso a las Falkland es complejo, pues las reglas las impone la condición militar del aeródromo.


Después de solo una hora y media de vuelo desde Punta Arenas, el avión LATAM comienza la maniobra de aproximación a la pista de la Base Militar Mount Pleasant, hoy único punto de ingreso a las islas Falkland. Debido al bloqueo irredentista argentino (con el cual nuestra “diplomacia profesional” es “solidaria”), avanzado el siglo XXI el vuelo semanal de dicha empresa chilena es el único de carácter comercial que conecta a los isleños con el resto del mundo.

No obstante que, en su lógica y alcances legales y políticos, el apoyo chileno al bloqueo argentino es directamente contrario a los intereses australes de la República, de todas formas la “diplomacia de Santiago” sigue avalando ese despropósito.

El ingreso a las Falkland es complejo, pues las reglas las impone la condición militar del aeródromo. Un amigo de Port Stanley comenta que “la base se gestiona como si estuviera en Afganistán” y, resignadamente, concluye: “Los militares son los militares, y están aquí para protegernos”.

Sin embargo, una vez salidos de la base (de enormes dimensiones) se abre un espacio natural que recuerda nuestra estepa fueguina, caracterizada por casas-estancia dispersas a lo largo de un gigantesco horizonte amarillo, interrumpido solo por pequeñas manchas de vegetación arbustiva. Ocurre que, como lo comprobó la fallida colonización francesa de la década de 1760, no hay bosques en las Falkland…

Salidos del terminal abordamos un pequeño bimotor de la empresa FIGAS, que nos conduce a la isla Bleaker, una vieja estancia ovejera convertida en santuario natural. Nos recibe Paula, de Curicó, cuyo novio y futuro marido, Nick, es hijo de los dueños de la isla. Ambos están dedicados a la gestión del lugar, que acoge gigantescas colonias de pingüinos, cormoranes, focas y otra fauna de enorme belleza y valor ambiental. En buena parte el futuro del emprendimiento de Nick y Paula está basado en el cuidado de esos activos naturales.

El criterio de gestión de la isla Bleaker es, en realidad, el principio con el que se gestiona todo el archipiélago. Lo principal lo decide una Asamblea Legislativa conformada por vecinos que, a la vez, trabajan en sus propios emprendimientos privados. Se trata de un sistema de democracia directa más cercano al modelo de las Gemeinschaft suizas que al modelo político británico. Por ejemplo, nuestro amigo Gavin (cuya esposa es originaria de Chillán), además de legislador es taxista y los días sábado coopera como guardia de seguridad en el proceso de recepción y despacho del avión LATAM.

La dimensión ciudadana y ambiental del estilo de vida de las Falkland es evidente en todas partes. Por ejemplo, en el ámbito de la discusión sobre la radicación de empresas dedicadas a la explotación de hidrocarburos de su plataforma continental. No obstante que en años recientes varias empresas han avanzado en la identificación y mensuración de reservas de gas y petróleo, queda la impresión de que aún no está decidido que los isleños vayan, finalmente, a permitir que ello ocurra. Algo semejante sucede con la industria acuícola, que luego de un fallido intento logró granjearse la enemistad de los locales.

Distinto es el caso de la industria de la pesca de altura, pues licencias de explotación concebidas sobre información y análisis ecosistémico constituyen un ingreso principal de su pequeña economía. Al menos en parte, esos ingresos contribuyen a cofinanciar la presencia militar británica, pues el trauma de la invasión no provocada argentina de 1982 ha dejado una marca permanente e indisoluble en la mentalidad isleña.

La sinergia entre economía local y gestión inteligente de los recursos ha convocado a organismos de investigación públicos y privados británicos, que en Port Stanley conforman un potente “cluster” de ciencias aplicadas. Su trabajo es fundamental para un modelo de toma de decisiones que está perfilando a esta pequeña economía como un interesante ejemplo de manejo sustentable de sus recursos naturales (y aquellos de las islas Georgia y Sandwich del Sur).

Dicho “cluster” incluye diversas universidades dedicadas a la comprensión y monitoreo permanente de los ecosistemas marinos que, directa e indirectamente, están ligados a nuestros propios ecosistemas australes. Adicionalmente, y como es costumbre en la tradición científica británica, las ONGs que participan de la discusión no tienen el lastre ideológico (y el complejo autoasignado de superioridad intelectual) de las organizaciones de otros países, con lo cual su aporte a la sustancia del manejo de los recursos tiene efectos concretos.

En el ámbito de las reuniones del Sistema del Tratado Antártico, parte del aporte del “cluster científico” isleño es aprovechado por la política exterior británica para la fijación de cuotas de pesca de krill y bacalao, y la protección de mamíferos y aves marinas asociados a esos stocks. Muy interesante.

El otro gran ingreso de las islas es el turismo. A este sector la comunidad científica aporta información para la gestión de los espacios abiertos a los visitantes, al igual que insumos para comprender la situación del archipiélago en un contexto hemisférico y global, para adaptar sus actividades a los efectos del cambio climático. En este campo, el crecimiento exponencial del turismo antártico y marítimo es un asunto de grave preocupación para la gente de las Falkland. Adicionalmente, a estas no les interesa el turismo masivo, por sus potenciales impactos sobre su estricta política de migraciones. En este ámbito, el caso chileno es conocido en Port Stanley.

Al desarrollo del turismo isleño han contribuido algunos señalados chilenos que, como Alex (originario de Santiago) y su grupo de porteños de Valparaíso, manejan uno de los principales hoteles. La calidad excepcional de su atención y de su restaurante es reconocida por locales y turistas, convirtiéndolo en un lugar de visita obligatoria.

La presencia en las islas de más de dos centenares de chilenos (6% de la población) y de un grupo a mensurar de hijos de matrimonios mixtos, constituye más que “un detalle legal”. Como es de conocimiento de nuestra “diplomacia profesional”, constitucionalmente, la nacionalidad chilena solo es renunciable de forma expresa. En contexto político y geopolítico, se trata de un asunto de innegable relevancia, que debería ser parte del análisis nacional sobre la situación de las Falkland.

Si estas islas sorprenden y agradan, más sorprende el deseo de sus gentes de mantener su estilo de vida. Eso incluye evitar cambios estructurales como, por ejemplo, aumentar, por la razón que sea, la población más allá de lo necesario. El deseo de los isleños es permanecer pequeños, prósperos y tranquilos.

Si eso exige conservar la condición de ciudadanos británicos, también demanda conservar su estatus de autonomía para elegir su propio destino. Un amigo me aclara que los isleños no son “ingleses”, sino “ciudadanos de las islas Falkland”. En términos simples, la gente de estas islas aspira a que se le reconozca su opción por la autodeterminación o, más simple aún, que “los dejen tranquilos”.

En Santiago, ¿es tan difícil entender y aceptar esta realidad?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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