
El mito político y Hugo Herrera
No se puede afirmar que Hugo Herrera sea un fascista, pero sí su afinidad con el tradicionalismo de la Nueva Derecha de Alain de Benoist, así como con las ideas de Sorel y Schmitt.
Los movimientos fascistas han enarbolado constantemente el mito desde sus inicios, dado que sus construcciones son de carácter metahistórico. Estas les permiten avanzar sin necesidad de datos concretos, utilizando un “lenguaje sin palabras” que se comunica directamente con las ruinas de una civilización capaz de manifestarse únicamente a través de símbolos. Por lo tanto, sus secretos solo son accesibles para unos pocos, quienes, con sabiduría, logran transmitirlos.
Esto se explica por el hecho de que la historia, con su carga de sufrimiento, es vista como un elemento a superar, promoviendo en su lugar un pasado reactualizado que se cristaliza como imagen en el presente.
Desde el siglo XX, la sociedad occidental ha vivido a través de mitos tecnificados, una idea desarrollada por Georges Sorel en Reflexiones sobre la violencia (1908) y La ilusión del progreso (1908). Estas nociones influyeron en pensadores de izquierda como Gramsci y Mariátegui, así como en figuras de la derecha, como Mussolini y Carl Schmitt, quienes interpretaron y adaptaron el concepto del mito de maneras diversas.
A partir de mediados del siglo XX, la izquierda decidió abandonar el uso del mito como herramienta de acción política. Autores como Georg Lukács, en El asalto a la razón (1953), criticaron las bases del mito político y cuestionaron su utilidad en los movimientos sociales. En contraste, la derecha tradicionalista y conservadora ha mantenido el relato del mito técnico del siglo XX, utilizando imágenes metahistóricas como verdades universales legitimadas en un pasado idealizado.
Por lo tanto, si entendemos este contexto, cualquier intelectual que intente enarbolar el mito como herramienta de movilización de masas debería ser cuestionado como tradicionalista. Esto se debe a que esta concepción considera a las masas “difusas” e incapaces de actuar sin una narrativa cohesionadora construida a partir de imágenes del pasado.
En el Chile del siglo XXI, podemos observar intentos de retomar el mito tecnificado en ciertos círculos intelectuales, como en el caso del abogado y doctor en Filosofía Hugo Herrera. Este autor muestra afinidad con las ideas de Alain de Benoist, fundador de la Nueva Derecha, quien propone una “metapolítica” como una inversión desde la derecha de las ideas gramscianas.
En la segunda edición de su libro Octubre en Chile, publicado por la Editorial Katankura, Herrera afirma:
“No debe negarse que la noción de articulación popular y la idea de una dirección auscultada sí pueden adquirir el carácter de un mito, y los mitos tener realidad innegable en la política. Los mitos son fuerzas eficaces catalizadoras de la historia. Sin embargo, ellos necesitan encarnaciones, genios como líderes y vanguardias activas; en definitiva, élites. Es ahí, en el mito encarnado en élites y cabezas instintivas más que en el crudo pueblo […] donde radica la fuerza ineludible de dirección del proceso político” (Herrera, 2023:10).
Las ideas de Herrera son ecos evidentes de Reflexiones sobre la violencia de Sorel y La teoría política del mito (1923) de Schmitt. Este último texto es crucial, ya que Schmitt retoma la tesis de Sorel según la cual el mito debe ser evaluado como “un medio para actuar en el presente”. No obstante, Schmitt introduce el “mito de la nación”, que reemplaza al “mito de la lucha de clases”. En esta línea, citando a Mussolini, afirma:
“Hemos creado un mito; el mito es una creencia, un noble entusiasmo, no necesita ser realidad, es un impulso y una esperanza, fe y coraje. Nuestro mito es la nación, la gran nación, de la que queremos hacer una realidad concreta” (Schmitt, 2010:152).
Para Schmitt, el mito de la nación se impone como catalizador, desplazando el mito proletario como fuerza movilizadora principal, el cual sirvió como matriz volitiva al segundo.
Herrera parece entender esta lógica del mito y adapta el concepto a un contexto contemporáneo posterior a la revuelta chilena del 2019. Afirma que, en momentos de crisis moral y espiritual, un mito capaz de movilizar a una masa “cruda” debe emerger.
Según su visión, las “élites” deben convertirse en héroes que revitalicen la fuerza de la nación y la lleven hacia la trascendencia. Este enfoque refleja el mito técnico en todo su esplendor: una narrativa movilizadora cristalizada en individualidades, impulsada por el instinto bergsoniano, que recupera imágenes del pasado que se guardan en la memoria como herramientas útiles en momentos de conflicto.
No se puede afirmar que Hugo Herrera sea un fascista, pero sí su afinidad con el tradicionalismo de la Nueva Derecha de Alain de Benoist, así como con las ideas de Sorel y Schmitt. Este movimiento “metapolítico”, representado en Chile por publicaciones como La Ciudad de los Césares, comparte con Herrera una visión centrada en el uso del mito como herramienta estratégica para la movilización y el control social.
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