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El Nobel Hinton y su inteligencia artificial: ¿avance o retroceso?
Hinton, con una lucidez inesperada, nos hace ver que la promoción de la IA no es más que una farsa que se presenta como progreso.
A menudo se dice que las mentes brillantes son las primeras en engendrar sus propios monstruos, pero ¿quién imaginaría que uno de los padres de la inteligencia artificial (IA), Geoffrey Hinton, nos brindaría la advertencia más inquietante sobre los horrores de su propia creación? Este científico británico, aclamado por su trabajo en redes neuronales y laureado con el Premio Turing en 2018, recientemente coronado con el Nobel de Física 2024, no tan solo debería asombrarnos por sus innovaciones tecnológicas, sino también por brindarnos una reflexión profundamente cautelosa: no todo avance es, en última instancia, un progreso para las civilizaciones, mucho menos para las occidentales.
Con amargura, Hinton nos previene que el auge de la IA podría, lejos de liberar a la humanidad, convertirse en el caldo de cultivo para una nueva ola de fascismo, si no, al menos abrir las puertas a otra era autoritaria. Pero el peligro no radica en la rebelión de las máquinas –un riesgo, por lo demás, filosóficamente plausible– sino en el tejido social y económico que las acompaña.
Si alguna vez se pensó que la automatización traería consigo una redistribución equitativa de la riqueza, los hechos parecen demostrar lo contrario: las grandes fortunas aumentarán y aquellos cuya vida se fundamenta en el trabajo tradicional serán asolados por una tempestad que, aunque no han causado directamente, de alguna manera han contribuido a desatar, dejándose arrastrar por la inercia de sus vidas cotidianas, sin haberse comprometido sinceramente con sus democracias.
Como ingeniero durante varios años, puedo ofrecer el testimonio de que la gran empresa siempre vio la revolución digital como “su” oportunidad para ensanchar su potencia.
El problema, en esencia, no reside en la IA misma. Nadie se alarma cuando un algoritmo vence a un humano en un juego de mesa cualquiera. La cuestión radica en el modelo económico que la auspicia, un sistema que perpetúa las desigualdades estructurales más profundas.
Hinton advierte que las esperadas mejoras en productividad, lejos de conducirnos a un futuro de más ocio y bienestar, alimentarán una monumental transferencia de riqueza hacia los sectores privilegiados, mientras las masas, excluidas de un mercado laboral en extinción, se verán empujadas al abismo de la desesperación.
Este fenómeno, lejos de ser una distopía tecnológica, constituye una tragedia de tensiones sociales, un drama cuyas repercusiones ya hemos presenciado en épocas pasadas, bajo circunstancias igualmente sombrías.
En su reflexión, Hinton subraya igualmente que este proceso no es fortuito, sino la consecuencia directa de un capitalismo que está completando su transformación, no hacia un nuevo estadio o fase, sino –parece– hacia algo enteramente nuevo.
El verdadero peligro no reside en el avance de la máquina, sino en la mano invisible que la manipula, una mano que favorece a los que ya detentan el poder, preparando así el terreno para el surgimiento de los extremismos políticos y, junto con ellos, quizá, de un corporativismo que servirá a las empresas capitalistas para promocionarse, ya sin empachos, como la panacea a los problemas de las sociedades en que han plantado su bandera o filiales, haciéndose con el poder público u orquestándolo a través de un Estado que fungirá como su títere, coordinador o manager.
Hinton, con una lucidez inesperada, nos hace ver que la promoción de la IA no es más que una farsa que se presenta como progreso. El verdadero avance no se encuentra en la tecnología, sino en la capacidad de las élites corporativas para apropiarse de ella y extraerle dividendos. Tan solo basta ver a Musk, a la cabeza del nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental del Gobierno Federal de los EE.UU. (DOGE), quien busca desmantelar las barreras que impiden que X se transforme en una plataforma financiera total, esquivando las regulaciones que limitan a la banca tradicional.
En otras palabras, lo que para el ciudadano común es la erosión de protecciones básicas, para Musk es la consolidación de su imperio, si no al menos de su cimiento financiero.
Mientras tanto, las masas se verán forzadas a elegir entre la alienación –reinventarse o tan solo sobrevivir, dejándose embestir por esta nueva ola –y el extremismo –la crítica llorona e inconducente, o bien, el amparo de soluciones simplistas–, pero que a la vez otorgan más poder al político bruto que mejor se promocione –y que a larga repercuten letales, mientras los señores del capital y las grandes corporaciones siguen disfrutando del banquete–.
La verdadera amenaza no radica en las máquinas, sino en aquellos que, bajo la falacia del progreso, construyen puentes hacia futuros que perpetúan la desigualdad, condenando a quienes se niegan a servir a sus intereses –o que no aportan a él activamente– a la sombra del olvido. En lugar de ceder al espejismo de la inteligencia artificial como la utopía prometida, debemos, entonces, como señala Hinton, preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar por ella. La historia nos ha enseñado que un progreso excluyente no es una evolución, sino una regresión.
Y en ese retroceso, que es tanto parte de nuestra historia como de nuestro ser, el héroe –el emprendedor al que veneramos no por otra “virtud” que su capacidad para acumular dinero, fama y poder–, como en un drama clásico, no siempre es quien imaginamos.
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