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Apagón y geopolítica: dos caras de la misma moneda
Para evitar situaciones como el apagón y otras anomalías, resulta imperativo mirar nuestro país desde la geopolítica, identificando aquellos elementos de nuestra geografía que constituyen fuentes de poder nacional, pero también los que son riesgos y eventuales amenazas.
Angustiosas horas vivimos los chilenos durante la tarde y noche del martes recién pasado. Un país con el nivel de desarrollo que Chile ha alcanzado, sin duda se hace dependiente de la energía. Un evento disruptivo como este, en cosa de minutos, tiene el potencial para modificar brutalmente los planes y la vida de todos (incluso de aquellos muy pocos que no sufrieron el corte de energía eléctrica), haciéndonos sentir la angustia de la incertidumbre.
En palabras de Michele Wucker, se nos apareció un “rinoceronte gris”; es decir, una situación de crisis alcanzada que, habiéndola vislumbrado, no se hizo lo necesario para evitarla o, aun manifestada, revertirla a la brevedad. A ninguna persona con una mediana conciencia social se le puede escapar que el Metro, los medios de comunicación social masivos y personales, los bancos, los supermercados, los electrodomésticos y los ascensores, por nombrar solo algunos de los múltiples ingenios que nos acompañan en la vida diaria, son absolutamente dependientes de la energía eléctrica. Y, claro, esto no es reciente; ya Chile lleva varias décadas vanagloriándose de su nivel de desarrollo.
Sin embargo, vale preguntarse si el apagón es la enfermedad o más bien un síntoma de una anomalía mayor. Me atrevo a plantear que el problema de fondo que subyace en nuestro país es lo que ya he manifestado en columnas anteriores en este mismo medio (“Acerca de la anticipación estratégica y la crisis del virus sincicial” y “¿Hasta cuándo caminamos mirándonos la punta de los zapatos?”). Pero en esta ocasión es útil sumar un concepto más. A la carencia de anticipación estratégica, es evidente que se suma la falta de noción de geopolítica.
En efecto, en Chile se ha dejado de cultivar la geopolítica, excepto en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (Anepe), en las academias de las FF.AA. y de Orden, además de algunas escasas entidades puntuales. Bien sabido es que la geopolítica entró en descrédito después de ser (falsamente) acusada de sustentar ideas chauvinistas de gobiernos totalitarios que, bajo lógicas geopolíticas distorsionadas, provocaron guerras mundiales.
Por otra parte, el uso abusivo del término lo ha trasformado en un concepto vacío, que se ha convertido, erradamente, en un sinónimo de otros fenómenos, tales como las rivalidades por el poder político o el conflicto entre Estados por la obtención de recursos naturales. La geopolítica tampoco es la manifestación del enfoque realista de las relaciones internacionales, el que encuentra en la primacía del poder y en los factores geográficos como elemento sustantivo de ese poder, su sustrato teórico.
Estas luchas, aunque podrían tener una base geopolítica, no representan la disciplina conocida como geopolítica, la que en rigor es el estudio de los elementos geográficos que poseen los Estados (en tanto principales actores en el sistema internacional) y la forma en que estos condicionan sus objetivos políticos, o pueden ser utilizados como instrumentos de poder para obtener dichos objetivos.
La aparición de otros actores en el sistema ha relativizado este poder. Asimismo, la incorporación del ciberespacio ha ampliado el concepto original, actuando como potenciador de los factores físicos tradicionales.
Por otra parte, la noción de poder se ha trasformado a partir de mirar las relaciones internacionales desde la perspectiva de lo que Keohane y Nye llamaron la “interdependencia compleja”. De una lógica de conflicto se ha transitado a una de cooperación.
En consecuencia, para evitar situaciones como el apagón y otras anomalías, resulta imperativo mirar nuestro país desde la geopolítica, identificando aquellos elementos de nuestra geografía que constituyen fuentes de poder nacional, pero también los que son riesgos y eventuales amenazas.
En tal sentido, la energía es un elemento de vital importancia para cualquier Estado y debe ser vista desde una perspectiva geopolítica en el más amplio sentido del concepto.
La energía representa una fuente de ingresos, permite el desarrollo económico y social integral, constituye un desafío en cuanto a la sustentabilidad y cuidado medioambiental, pero es también un activo crítico que debe ser pensado desde la seguridad.
El prestigioso geopolitólogo norteamericano Nicholas Spykman nos decía que “aunque toda la política de un Estado no se deriva de su geografía… el Estado no puede escapar de esa geografía. Tamaño, forma, localización, topografía y clima ponen condiciones de las que no cabe escapar”.
El Estado, como nos enseña Jacques Maritain, recogiendo ideas de antiguos filósofos, es el responsable de proporcionar la seguridad. “El Estado es tan solo esa parte del cuerpo político cuyo peculiar objeto es mantener la ley, promover la prosperidad común y el orden público, administrar los asuntos públicos. El Estado es… un conjunto de instituciones que se combinan para formar parte de una máquina reguladora que ocupa la cúspide de la sociedad”.
Por y para ello, no puede abstenerse de tener pensamiento geopolítico, con el fin de conciliar el desarrollo con la seguridad. Nuestra hermosa larga y angosta faja de tierra nos impone ciertas condiciones, las cuales solo podemos soslayar utilizando miradas innovadoras y, fundamentalmente, anticipatorias. En rigor, estos no son nuevos desafíos, siempre han estado… y seguirán incrementándose.
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