
¿Y qué hacemos con lo que no se puede electrificar?
El hidrógeno verde y sus derivados poseen el potencial de desempeñar un papel crucial en la transición energética, si se les concede la oportunidad.
En el debate sobre las proyecciones de la industria del hidrógeno verde, a menudo se pierde de vista un aspecto crucial: existe una amplia gama de sectores industriales que, debido a su elevado consumo energético, no son viables de descarbonizar mediante la electrificación.
Entre ellos, industrias clave para la economía, como la aviación, el transporte marítimo, la minería, la industria del acero o el transporte de carga pesada.
Para estos sectores se hace imperativo buscar otras soluciones y, entre ellas, el hidrógeno verde, los combustibles sintéticos derivados a partir de este y los biocombustibles, tienen un gran potencial, si logramos que sean competitivos.
El dimetil éter (DME), por ejemplo –producido a partir de hidrógeno verde y CO₂–, puede sustituir al gas licuado utilizando las infraestructuras existentes o con muy pocas modificaciones para su almacenamiento y transporte; puede reemplazar el diésel en los motores; funcionar como intermediario para combustibles sostenibles para la aviación (SAF); y es además un eficiente portador de hidrógeno. Este es solo un ejemplo de las muchas aplicaciones que podrían surgir con el desarrollo de estas tecnologías.
¿Hay barreras técnicas que sortear para que estos sean competitivos? Sí, las hay, pero dar por perdido el desarrollo de esta industria por las limitaciones actuales sería un error, así como también lo es contraponer estos nuevos energéticos con las energías renovables. No son excluyentes, son complementarios y deben incrementarse los esfuerzos para resolver las brechas que permitan escalar comercialmente el H2v y derivados.
La tecnología y la innovación son esenciales para ello y muchos centros de investigación aplicada estamos trabajando para lograrlo.
Las políticas públicas y los incentivos que permitan su avance también son importantes. Cada vez más países están trazando metas a sus industrias para que sustituyan el uso de combustibles fósiles. La Unión Europea, en su iniciativa ReFuelEU Aviation, estableció mandatos crecientes para el uso de combustibles sostenibles en la aviación.
A fines de 2025 ya deberían contar con 2% de su participación, hasta llegar a un 20% en 2035 y a un 70% en 2050. El Reino Unido fijó un 10% para 2030 y así, muchos más. Chile también está avanzando en esa dirección.
El hidrógeno verde y sus derivados poseen el potencial de desempeñar un papel crucial en la transición energética, si se les concede la oportunidad. Como principio, más allá de esta industria en particular, es importante comprender que la transición hacia la carbono neutralidad demanda más que la simple integración de fuentes renovables en la matriz energética.
Hay muchos otros sectores que requieren soluciones diferentes para reducir sus emisiones. La clave está en la diversificación de tecnologías. Estas son esenciales si lo que queremos realmente es descarbonizar nuestra economía y posicionarnos como un actor relevante en el mapa energético global.
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