
Todos íbamos a ser reinas
¿Quién hubiera imaginado una carrera por la popularidad, que es en realidad un gallito de fuerzas, entre el general Manuel Baquedano y la poeta Gabriela Mistral? El motivo de la confrontación es la ocupación del sitio en construcción de la Plaza Italia.
En la plaza de los muchos nombres se está desarrollando un torneo virtual que incluye a damas y caballeros compitiendo por poner su sello en el lugar. ¿Quién hubiera imaginado una carrera por la popularidad, que es en realidad un gallito de fuerzas, entre el general Manuel Baquedano y la poeta Gabriela Mistral? El motivo de la confrontación es la ocupación del sitio en construcción de la Plaza Italia.
A los chilenos no nos gusta el vacío, ni el suspenso, ni la exhibición de los restos, ni de las cosas incompletas. Normalmente tenemos a mano una alfombra para cubrir los conflictos y los problemas mal planteados o irresueltos. Nos gusta descubrirlos de improviso y espantarnos con escándalo, como lo hacen los niños con esas cajas que, al abrirlas, hacen saltar a un payaso con su resorte.
Volvamos a la plaza
La actual oposición se ha atrincherado insistiendo en el regreso de Baquedano a su plaza. En sordina, las fuerzas de Gobierno postulan, en cambio, un monumento a Gabriela Mistral y por extensión a la mujer chilena. Heroísmo de militares confrontado al heroísmo de mujeres. Uno representando la historia de la Independencia y de las conquistas que llevaron a configurar el territorio y el Estado unitario de Chile en el siglo XIX y la otra representando los derechos negados a las mujeres y afirmando su ingreso progresivo y masivo a la esfera pública de la sociedad.
Se diría que asistimos a un enfrentamiento de las fuerzas “duras” y las fuerzas blandas; de la voz de mando y el silencio –supuesto– de la escucha. Polaridad entre lo indiscutible y lo conversable. Amplitud, respectivamente, de lo que se excluye y de lo que se incluye en la convivencia. La polaridad, sin embargo, no es más que un recurso pedagógico de la política contingente. Las cosas no suceden en blanco y negro sino en distintas velocidades y matices en las transformaciones.
En los últimos cien años, las sociedades se han visto remecidas por el debilitamiento de la familia tradicional y por la necesidad de apoyar a las mujeres en su salida al mundo y a los hombres en su regreso parcial a un hogar que ya no es el mismo. Lo que ha seguido es un concierto de movimientos inarmónicos, destemplados y descoordinados que no ha podido ser interrumpido por los resentimientos de la hombría cuestionada.
Se diría que Gabriela Mistral tiene la ventaja de la contemporaneidad y Baquedano la del lugar
El monumento que buscamos es “site specific”; no una escultura para cualquier lugar sino una para la Plaza Italia-Baquedano-de la Dignidad. Y en esa dimensión, el monumento a Baquedano tiene una ventaja. Su trayectoria ha estado ligada a La plaza, aunque no esté atado a ella. Un homenaje a Gabriela, en cambio, puede ser ubicado en cualquier lugar. Lo que Chile se merece son distintas Gabrielas en cada plaza del país. No un busto único repetido sino una interpretación local de su personaje y su poesía.
Buscamos un monumento que participe y que anticipe la historia de la plaza. Baquedano es parte de esa historia, como espectador inconmovible de más de cien años de tránsito, excavaciones y manifestaciones.
De pronto, su desplazamiento se convirtió en encrucijada simbólica y material del debate constitucional. Los vándalos que intentaron derribar la estatua eran los mismos que incendiaron el museo Violeta Parra y que cortaron las manos de la estatua de Gabriela en la plaza Mena de Valparaíso. El vandalismo no tiene color político ni apegos culturales.
Esta competencia, por lo bajo, es parte de la ilusión de la contingencia. La dimensión histórica del debate monumental no acepta la imposición de una institución sobre otra de las que son necesarias para la marcha de la sociedad.
Lo que atenta contra la paz no es una figura u otra sino el modo en que ellas sean instaladas en la plaza. Por ponerlo en términos académicos y que se entienda, en el estilo está el sentido del acto. El emplazamiento no puede ser un desafío clandestino a la ciudadanía. No es posible instalar una estatua del mismo modo en que Baquedano fue retirado de la plaza, ocultado por la noche. No es aconsejable instalar una estatua en ese lugar sin consultar a los artistas y a la ciudadanía.
Aunque se haga a cara descubierta y a la luz del día, aunque se ponga ahí a Baquedano o a Gabriela Mistral, un acto administrativo inconsulto será percibido como una provocación; un objetivo disponible para el instinto vandálico.
La promesa del plinto
¿Qué pasa después de cuatro años en que la cosa de la plaza ha perdido su uso como pedestal y su utilidad como soporte? La cosa desprovista de utilidad pasa a ser otra cosa; deja de ser la cosa de otra y se presenta como una inutilidad contingente, una obra a la vez atemporal e histórica que se planta ante el observador y lo contempla.
Descartada la imposición de un héroe sobre otra, queda por averiguar qué es lo femenino en la historia de la plaza. Qué es lo que se abre a la hospitalidad y a los futuros que quisiéramos hacer posibles y poner en común. El plinto es el que se queda en casa a pesar de las turbulencias. Es lo que insiste, lo que permanece cuidando el campo.
Es él el que está disponible para acoger a quien la ciudadanía quiera instalar en sus hombros o entre sus brazos. No es que el plinto “represente” la hospitalidad, él es una casa de acogida. El plinto acoge sin necesidad de que sea montado por una escultura o por otro cuerpo, esa es su naturaleza. El plinto ofrece todas las posibilidades y no excluye a ninguna; no le gana a nadie y es imbatible. Él cambia la naturaleza antagonizante del puzle de los monumentos.
Un refugio que la ira no toca. Una guarida que sin guardar nada repele toda violencia por su simpleza y su vacío. Una energía, la suya, que rasga el velo de la inercia y la complacencia del ensueño. Una fuerza tranquila en la que se hunden y fracasan los egos que lo rayan, lo pintarrajean o pretenden enseñorearse. Así, sencillamente, el plinto que desdeñamos nos abre a nuevas posibilidades de la convivencia.
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