Publicidad
La fiebre arancelaria “made in USA” de la que Chile no se escapa ANÁLISIS efe

La fiebre arancelaria “made in USA” de la que Chile no se escapa

Publicidad
Gilberto Aranda B.
Por : Gilberto Aranda B. Profesor titular Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.
Ver Más

A pesar de que algunos especialistas preveían que Chile no estaba en el radar de amenazas comerciales de Estados Unidos –teniendo en cuenta el Tratado de Libre Comercio (TLC)–, al final no fue así. Frutas, vinos, salmones recibirán el impacto de la medida a partir de este fin de semana.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
A pesar que algunos especialistas preveían que Chile no estaba en el radar de amenazas comerciales de Estados Unidos -teniendo en cuenta el Tratado de Libre Comercio (TLC), al final no fue así. Frutas, vinos, salmones recibirán el impacto de la medida a partir de este fin de semana.
Desarrollado por El Mostrador

Finalmente, el 47° presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cumplió con su promesa de campaña: “Para mí, la palabra más bonita del diccionario es arancel”. Dicha sentencia fue esgrimida durante una entrevista en el Club Económico de Chicago con el editor jefe de la agencia Bloomberg, el 15 de octubre pasado. Y no eran simples bravatas.

La tarde de este miércoles gravó con un porcentaje de impuesto a las importaciones a una lista de 184 de Estados y territorios ultramarinos (por ejemplo, las Islas Heard y McDonald o la Reunión con gravámenes distintos a sus metrópolis de Australia y Francia, respectivamente). Se trata de la casi totalidad de unidades con las que comercia el otrora campeón de libre comercio global. Con algunas excepciones, no hubo tratado de libre comercio que contuvieran esta fiebre arancelaria. 

La medida es susceptible de ser leída como una política de aranceles universales mínimos de 10% –más otros específicos considerablemente más altos–, como varios que se aplicaron en América Latina, entre otros, a nuestro país. Pero antes de hablar de Chile, algunos puntos del panorama general a tener en cuenta.

El también llamado “día de la liberación” por un presidente que insiste con replicar su historia nacional de fines del siglo XIX –la primigenia edad dorada– con un Estados Unidos que después de la guerra civil crecía económicamente a un ritmo vertiginoso con altísimos aranceles, hoy con la intención de reequilibrar la balanza comercial y volcarla a su favor, y sobre todo golpear a su adversario acérrimo, China, en lo que podrían ser los prolegómenos de un conflicto mayor.

El gigante asiático ha sido el más perjudicado individualmente, si se suma el 34% anunciado ayer con el 20% previo. Es decir, después de la Islas de la Reunión (73%) y Norfolk (58), China es la más castigada con los “aranceles recíprocos”, un 54% total. A la Unión Europea, entre los principales socios y aliada histórica de Estados Unidos, le fue aplicado un 20%, mientras a India 26% y a Japón 24%.

Sudamérica sufrió una tarifa adicional pareja en torno al 10%, excepto Venezuela con un 15% y Guyana con 38%. En síntesis, una combinación de aranceles universales mínimos de 10% y selectivos al alza con los países y territorios con los que Estados Unidos tiene un déficit comercial.

Llaman la atención ciertas notorias ausencias: México y Canadá. ¿Acaso Washington se arrepintió a última hora de cumplir con las amenazas a sus socios inmediatos con los que construyó el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), renegociado por Trump como T-MEC en 2020? Lo que se sabe es que después de la última amenaza de alza arancelaria de un 25% el 4 de marzo último, puso una pausa y aparentemente ha otorgado una prórroga motivada en el compromiso con otros ejes: migración y narcotráfico.

También sorprende que la lista no incluya a Rusia, aunque si a un país invadido como Ucrania (10%), en lo que podría ser una señal de exploración de nuevas sociedades en medio de la tormenta.

Chile, al igual que otros Estados del área sudamericana, en estos agitados días proyectará cómo escapar a la fiebre arancelaria contraída desde el norte. Es cosa de mirar los foros y chats por ejemplo de Colombia, donde las conversaciones giran en torno al café.

En nuestro caso será el cobre y quizás la madera, productos que tendrían un trato excepcional no afecto a los nuevos impuestos, conforme al código comercial de Estados Unidos y a la falta de su disponibilidad inmediata. Aunque más adelante quién sabe.

Porque una cuestión quedó clara y es que, a pesar de que algunos especialistas en comercio y economía previeron que Chile no estaba en el radar de amenazas comerciales de Estados Unidos –teniendo en cuenta el Tratado de Libre Comercio (TLC), y los acuerdos de Protección de Inversiones y de Doble Tributación– y, por lo tanto, estábamos relativamente protegidos con consecuencias más bien indirectas, al final no fue así. Frutas, vinos, salmones recibirán el impacto de la medida a partir de este fin de semana.

De alguna manera se nos advirtió con el informe preparado por Estados Unidos conocido poco antes, que responsabilizó a Chile de una serie de barreras no arancelarias (reforma de pensiones, demora del ajuste doméstico al régimen de propiedad intelectual previsto en el TLC, y la ley recientemente aprobada de protección de datos que exige estándares a terceros países), temas que no son para novedad, pero cuya oportunidad equivalió a un “téngase presente” que sirvió para justificar medidas.

Incluso a pesar de que Estados Unidos tenga un superávit comercial de bienes respecto de Chile, este ha disminuido, lo que no es de gusto de la Casa Blanca. No faltará tampoco quien en Chile verá el vaso medio lleno y dirá que “la sacamos barata”, dado que a Chile se le aplicó el arancel base, al igual que el de Reino Unido, y menos que a Israel (17%). Tengo la impresión de que igual seremos afectados, aunque tal vez es una oportunidad para fortalecer otras relaciones comerciales, particularmente Europa o India, esta última con la que se acaba de firmar un acuerdo de asociación económica integral.

En este mundo –según Trump– se pretende una Reindustrialización por Sustitución de Importaciones –algo así como un modelo RISI, si se me permite recuperar el lenguaje cepalino de los años 50, cuando Raúl Prébisch dirigía la comisión de Naciones Unidas– para edificar artificialmente determinadas condiciones económicas, que resulten favorables a la industria local.

Como ha dicho el presidente Trump: “El 2 de abril será recordado como el día en que la industria de Estados Unidos volvió a nacer”. Sin embargo, las cadenas globales de producción no se sustituyen de la noche de la mañana, por lo que podría anticiparse un trance doloroso en el que sufrirán también los consumidores estadounidenses a partir de las alzas.

La reserva federal de Estados Unidos ha advertido que las metas inflacionarias peligran por dicha tendencia alcista en los precios, y una nube recesiva se instala en el horizonte. Adicionalmente lo que aún queda del sistema de Bretton Woods, el conjunto de reglas para las relaciones comerciales y financieras que organizó Estados Unidos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial –cuando la mitad de todo lo que se producía en el mundo era de origen estadounidense–, podría quedar mortalmente herido, entrando de lleno en un proceso de desglobalización proteccionista.

Mientras tanto, las bolsas anotarán importantes caídas, comenzando por Wall Street, que ya tuvo un anticipo de esa sopa en la jornada de ayer. Un mundo lleno de turbulencias e incertidumbres.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad

Tendencias