
Volver a la comunidad: el agotamiento del modelo neoliberal y la necesidad de una fuerza renovadora
Si algo debe quedar claro después del próximo ciclo electoral, es que esa tarea de refundación comunitaria debe ser asumida como un desafío existencial por todos los demócratas, como tarea política apremiante y como un ideario posible y concreto.
No es solo una crisis económica. No es solo una crisis política. Es una civilización que está llegando al límite. Y parece que nadie quiere decirlo en voz alta. El modelo capitalista neoliberal, ese que planeó al mundo desde los años 80, ya no da más. Se cae a pedazos. Y no lo hace con estruendo, sino con silencios, soledades, ansiedades, desconfianza y violencia.
¿De verdad seguimos creyendo que la respuesta es más mercado, más consumo, más competencia? ¿O más Estado que administra la pobreza sin tocar las raíces del problema?
Estamos atrapados en una contradicción: el sistema que generó crecimiento también destruyó los vínculos que hacen posible la vida en común. Desvalorizó lo público, se convirtió al ciudadano en cliente, al vecino en amenaza y al éxito en una carrera solitaria. Resultado: soledad, miedo, narcos, abandono. ¿Y la política? Callada. Administrando lo que hay, sin imaginar lo que viene, mirando encuestas mientras el mundo cambia de pantalla.
Pero la historia no se detiene. El mundo ya cambió. Y mientras algunos insisten en defender un orden que se deshace, otros están construyendo su nueva influencia, no siempre democrática, no siempre basada en los valores humanos. Musk, Putin, Trump, Xi… no son locos. Son arquitectos de un nuevo orden. De uno que no cree en la comunidad ni en la dignidad, sino solo en el poder. Y lo están diseñando sin pedir permiso.
Arnold J. Toynbee, en A Study of History, fue claro: las civilizaciones no mueren por invasión externa, sino por decadencia interna. Mueren cuando pierden la capacidad de responder creativamente a los desafíos de su tiempo. Y si eso no ocurre, si no hay una minoría creativa que proponga otro camino, lo que viene no es el progreso: es la desintegración.
Y eso es justo lo que está pasando. No hay respuestas creativas a la altura del desafío. Solo gestiones del colapso.
Frente a esto, la comunidad resurge no como nostalgia, sino como horizonte. La comunidad entendida no como algo decorativo, sino como lo que queda cuando todo lo demás falla. El espacio donde todavía se puede vivir con dignidad, donde se puede cuidar, compartir, confiar. Donde democracia no es solo procedimiento, sino vida cotidiana.
Robert Dahl lo advirtió hace más de 50 años, en Poliarquía (1971): sin inclusión ni participación efectiva, la democracia pierde legitimidad. Se vuelve forma sin contenido. Y cuando eso ocurre, no hay quién la defienda. Así fue. Así es.
Y entonces vuelve a sentir la necesidad escuchar a Frei Montalva, cuando en plena década del 60 dijo algo que hoy resuena más actual que nunca: “No queremos una sociedad de individuos aislados ni una sociedad dirigida por un poder que lo decide todo desde arriba. Queremos una sociedad comunitaria, donde los hombres trabajen juntos por objetivos comunes; donde se junten, no por obligación, sino por comprensión; donde cada uno aporte su esfuerzo libre y creador para el desarrollo del país, pero también para su propia realización como ser humano”.
Y agregó, con claridad que aún interpela: “La promoción popular no es un regalo del gobierno, ni una política asistencialista: es la toma de conciencia del pueblo, es la participación activa de todos… Es darle poder al pueblo. Poder para organizarse, para decidir, para exigir y para cumplir”.
Ese discurso, que alguna vez fue proyecto político concreto, hoy es más urgente que nunca. Porque lo más grave no es que el modelo esté en crisis. Lo más grave es que no tenemos hoy una fuerza política que lo diga sin miedo. Que nombre el daño, que hable de la crisis del individualismo, que proponga comunidad como respuesta, no como discurso vacío, sino como proyecto real, con base territorial, con ética del cuidado, con economía solidaria, con participación real.
Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros y no lo harán desde la justicia. Lo harán desde el miedo.
Y si algo debe quedar claro después del próximo ciclo electoral, es que esa tarea de refundación comunitaria debe ser asumida como un desafío existencial por todos los demócratas, como tarea política apremiante y como un ideario posible y concreto, porque defender la comunidad y las comunidades es la mejor defensa de la democracia.
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