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Después del 8M: ¿cómo seguimos? Opinión crédito imagen: FOTO DIEGO MARTIN/ AGENCIAUNO

Después del 8M: ¿cómo seguimos?

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Karen Glavic
Por : Karen Glavic Directiva Nacional Frente Feminista Frente Amplio
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Hay que sacudirse de las discusiones sobre lo identitario o lo concreto, que suelen importar más en los medios de comunicación que en la lucha diaria contra la precariedad.


Las marchas del 8M en Santiago y en regiones volvieron a ser multitudinarias. Los carteles y las consignas se llenaron de demandas históricas de las luchas feministas: el derecho al aborto, a una vida libre de violencia, a la corresponsabilidad en los cuidados y a la igualdad de derechos entre mujeres y varones, entre otras.

La preocupación por el crecimiento de la ultraderecha no estuvo ausente, pues históricamente han sido las mujeres y las disidencias sexuales quienes han denunciado férreamente las agendas regresivas de estos grupos, que al llegar a gobernar no dudan en desmantelar las secretarías de Estado de la mujer e igualdad de género, y también las de derechos humanos. Sobre esto, es patente el caso de Javier Milei en la Argentina, que hoy tiene a miles de personas protestando por los recortes en seguridad social para los jubilados, los niveles históricos de pobreza y la desatención en torno a catástrofes como la de Bahía Blanca.

Chile no está exento de este peligro, que no solo es institucional, sino que también cultural. Debemos poner atención sobre cómo las agendas de ultraderecha exacerban determinadas temáticas de un modo en que perforan acuerdos transversales y civilizatorios en torno a los derechos. En concreto, el problema no es que la seguridad se tome la agenda, sino cómo lo hace, y en qué medida promueve la autotutela, la xenofobia y la desconfianza en el Estado. La desilusión en la política y el síndrome “que se vayan todos” deja la puerta abierta a liderazgos que, escondidos en la independencia y la antipolítica, avanzan en segregación y atomización social, en la profundización del neoliberalismo y en el retroceso y la destrucción los derechos alcanzados.

Es clave que seamos capaces de leer e interpretar la propuesta ideológica y programática de las derechas. Eso significa elaborar, con los ojos de los feminismos, marcos tácticos y estratégicos que nos permitan actuar con firmeza y audacia, poniendo en evidencia cuando estos grupos le hablan a las mujeres y sus necesidades, pero de un modo que resulta regresivo y no de igualdad sustantiva. Por ejemplo: no es que los candidatos de derecha y ultraderecha que hoy puntean en las encuestas presidenciales en Chile, no hablen de los cuidados y la corresponsabilidad, o la necesidad de equiparar las pensiones; el problema es que lo hacen de un modo que no reconoce ni busca la autonomía progresiva de las mujeres ni la igualdad social, sino que proponen incentivos para que las mujeres retornen a sus roles esenciales de mujeres cuidadoras, en vez de plantear un circuito de actorías, entre las que se encuentra el Estado como proveedor de cuidados. 

No se trata de llegar al objetivo de cualquier forma, y en eso tenemos un gran desafío, porque las necesidades inmediatas de las personas encuentran oído en propuestas populistas.  Debemos ser capaces de defender lo avanzado, no abandonar lo social y expresar que leyes como la “Papito corazón” la hemos impulsado desde un gobierno que realiza cambios materiales en la vida de las mujeres. 

Hay que sacudirse de las discusiones sobre lo identitario o lo concreto, que suelen importar más en los medios de comunicación que en la lucha diaria contra la precariedad. La manifestación social por sí misma no es una garantía, pero es un buen augurio mientras sepamos que el partido no está ganado y que esta lucha no es solo de nosotras. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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