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El fútbol es demasiado importante Opinión Archivo

El fútbol es demasiado importante

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino profesor de historia
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¿Qué puede hacer la política? No se trata de estatizar el fútbol profesional, sino de impulsar políticas públicas de largo aliento, como fomentar el fútbol formativo y de barrios, más allá del solo espectáculo y la lógica de las grandes ligas.


“La economía es demasiado importante para dejársela a los economistas”. La frase, atribuida a John Kennedy, ha sido repetida no pocas veces por variopintos personeros del mundo. En pocas palabras, quiere decir que la política, entendida como búsqueda del bien común, debe sustraer a la economía (y a los economistas) las decisiones que afectan a una entera sociedad. En el fondo es otra reclamación contra la tecnocracia.

¿A qué título viene esta cita respecto del fútbol?

Digamos primeramente que me refiero al fútbol chileno, mis conocimientos sobre este juego en otros lugares del mundo son penosamente limitados. He visto incontables muestras del fervor de los chilenos –de verdad transversal– ante un partido de la Roja; he visto las alegrías, las decepciones y las amarguras de millones de chilenas y chilenos ante un gol o tras el pitazo final de un partido del equipo nacional no como un frío observador, sino como parte del sentimiento colectivo que ocasionan los 90 minutos de enfrentamiento (pacífico) con el plantel de otra nación.

¿Nacionalismo? Claro que sí, pero más bien como expresión de una identidad compartida, pura, desprovista de aquellos rasgos que hacen del nacionalismo un ejercicio de odio y discriminación. Virtudes del deporte.

Guste o no, el fútbol es una moderna expresión cultural, un goce que une y refuerza afectos comunes, desde aquel por la nación hasta el que despierta el club del barrio o la ciudad. En el fútbol moderno ese lado positivo se opaca por los intereses privados que anteponen el negocio al sentimiento de grandes grupos sociales, rebajando costos y aumentando beneficios.

Numerosos casos de escándalo, corrupción y manejos turbios han recorrido el fútbol profesional de las últimas décadas; ello en detrimento del legítimo sentido comercial y laboral que especialmente tiene esta forma de deporte.

Pero hay más. El fútbol de la Roja ha sido un continuo curso descendente en calidad y habilidad para competir frente a otras selecciones nacionales. Penosos partidos y mediocres prestaciones han llevado a la eliminación de Chile como actor en los tres últimos mundiales; el actual está prácticamente perdido. Como todo chileno, practicaré aquí mi derecho a opinión como experto improvisado.

Veamos: jugadores desordenados, con raros momentos brillantes; defensas desconcertadas ante ataques fulminantes del adversario; delanteros sin empuje, siempre a la defensiva, practicando interminables pases para tirar el balón hacia atrás, con alivio, a las manos seguras del arquero. El DT español Xabier Azkargorta acuñó en 1998 la dura frase: no tienen cojones. Un juicio revertido en la década 2007-2017 por la llamada Generación Dorada que, según expertos, logró un promedio de goles por partido muy superior a los 97 años anteriores.

Pero como dice el aforismo: agua pasada no mueve molinos. A los jugadores se suman alegremente los últimos entrenadores. Figuras transitorias que se van con jugosos términos de contrato, dejando estelas de increíbles explicaciones después de partidos perdidos: “No merecíamos perder” es el mantra habitual, como un bálsamo que debería consolar a los chilenos que damos vuelta la hoja, aguardando la próxima ronda. Con esperanza, la última en morir.

Volviendo al punto de partida de esta columna, diremos que el fútbol es demasiado importante para dejarlo solo en manos de futbolistas, entrenadores y dirigentes de la ANFP, a quienes parecen importarles poco las consecuencias sociales de su comportamiento en la cancha, de sus decisiones tácticas y estratégicas de juego, de la elección de profesionales y técnicos del fútbol.

Pero a los gobiernos –y a la política– sí debe importar el bienestar emocional de sus pueblos. Los sentimientos de la ciudadanía son relevantes porque influyen en la estabilidad y la cohesión social. En tal sentido, las alegrías o las amarguras que deparan las victorias y las derrotas de la Roja, escapan al ámbito puramente individual para gravitar en la esfera social, materia de la política.

¿Qué puede hacer la política? No se trata de estatizar el fútbol profesional, sino de impulsar políticas públicas de largo aliento, como fomentar el fútbol formativo y de barrios, más allá del solo espectáculo y la lógica de las grandes ligas. Instalar instituciones incubadoras de talentos infantiles y juveniles, velando por su seguridad económica y social, cautelando su incolumidad física y cultural.

Remate: hace pocos días, la Selección Nacional Sub-17 (la Rojita) venció a la argentina en el campeonato sudamericano de menores de dicha edad. La prensa se extendió en elogios ante esa victoria, calificándola de épica, y con razón: ganar al poderoso rival de siempre permite dicho adjetivo. Luego el seleccionado juvenil venció a Perú por 4-0, una contundencia ejemplar.

Pues bien, imitemos la retórica del coronel Frank Slade (Perfume de mujer) en su inolvidable alocución: “Ustedes tienen el futuro de estos chicos en sus manos. Es un futuro valioso, créanme. ¡No lo destruyan! Protéjanlos, abrácenlos. Algún día les harán sentir orgullosos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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